Elecciones: el juicio final

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Este domingo demostraremos si nos merecemos una segunda oportunidad sobre la tierra, o si más bien somos una estirpe condenada a cien años de guerra.

Hace unos cuatro o cinco años ocurrió un evento tremendamente simple que sintetiza para mí magistralmente la realidad de Colombia hoy y siempre. Por esos días los medios habían publicado que durante un vuelo de Avianca de Bogotá a Caracas los pasajeros colombianos habían ofendido, e intentado golpear a Piedad Córdoba. En medio de una reunión familiar alguien mencionó la noticia, a lo cual inmediatamente otro replicó -“es que a la hijueputa esa de Piedad Córdoba ojalá la mataran”-. Y mi rostro palideció en silencio con la impotencia de quien oye estas palabras de la boca de su propia sangre y con la certeza de que con la misma violencia con la que fue mencionada esta frase sería respondida cualquier crítica, especialmente una que venga de un miembro de la siguiente generación, como yo.

Entonces creía haber comprendido que Colombia está condenada a la guerra por esa simple y única razón: que en todos los estratos y en todas las regiones abunda la creencia de que al otro, al que piensa lo contrario a mí, al diferente … hay que matarlo. Porque desde el origen de esta patria hemos acallado el desacuerdo con la muerte y portamos con orgullo el rojo de nuestra bandera, simbolizando la sangre que aún hoy se sigue regando sobre nuestros verdes.

Colombia está enfrascada en una visión del mundo que yo llamaría religiosa en la que el juego se trata de una lucha entre los “buenos” y los “malos”, y en la que el juego sólo se gana cuando se acaba con los malos. Pero estos van cambiando de rostro con el devenir del tiempo. Antes eran los liberales, luego los comunistas, ahora son los homosexuales, las mujeres que abortan, los castro-chavistas…

Esta visión del mundo celebra que se castigue a “los malos” sin importar el nivel de crueldad, pues con su maldad se lo han ganado así como los pecadores se ganan el fuego del infierno. Esta visión del mundo no conoce el concepto de derecho, mucho menos el de derechos humanos. Es esa forma de ver el mundo la que justifica pasar por encima de la ley y las instituciones para hacer realidad el sueño de tener un país donde sólo haya “gente buena”. Es esa visión la que explica que en este país aún haya gente que piensa que si un grupo de ciudadanos agarra un ladrón lo que debería hacer es darle una golpiza, o que si la policía agarra un delincuente lo que debería hacer es matarlo.

Hoy el país se enfrenta a un momento histórico único y difícilmente repetible. Y aunque hay quienes piensan que estamos eligiendo simplemente entre la guerra y la paz, entre firmar un acuerdo que ponga fin al conflicto o continuar la guerra hasta “ganarla”, yo creo que lo que estamos decidiendo es más que eso. Estoy convencida que lo que estamos eligiendo es el modelo de país que queremos tener, los valores que nos deben regir.

En cierto modo me imagino estas elecciones como si estuviéramos en un salón de clase en el que la profesora preguntase quiénes votan por el paquete familia, propiedad, religión y autoridad, y quienes votan por el paquete libertad, derecho, pluralidad, y justicia social. Así, las elecciones de este domingo son más bien la oportunidad para demostrar quienes son los ciudadanos que viven en este país.

De ganar Zuluaga probablemente esa sería una victoria totalmente legítima de la democracia meramente electoral, de la democracia de masas. Sin embargo sería a la vez una profunda derrota a la democracia deliberativa, la democracia de los argumentos. De ganar Zuluaga, sospecho que Colombia regresará el reinado de “la gente de bien”, un tiempo de persecución y censura a los “malos”, a los comunistas, a los homosexuales, a los drogadictos, a los sindicalistas, a todos los que no compartan ese proyecto de país que encabezan Uribe y Ordoñez.

De ganar Santos seríamos testigos de una broma a la democracia electoral, pues Santos sería presidente por segunda vez, siendo a la vez un tipo por el que nadie nunca votó. Porque nunca existió tal cosa como el “santismo”. Hace cuatro años los uribistas lo eligieron pensando que elegían a Uribe, y hoy, de elegirlo, lo hará más el miedo al regreso de Uribe al poder que la convicción en la gestión de Santos. Sin embargo, creo que es esa precisamente una victoria de la otra democracia, la democracia de las ideas y no de las personas. Porque Santos, en medio de su ausencia de verraquera, carisma y “pantalones”, encarna precisamente todo lo opuesto al caudillo, y en medio de su falta de superioridad moral representa no un gobierno de buenos contra malos sino un gobierno meramente humano, en el que todos venimos siendo igual de “malos”. Sería una victoria de la democracia de verdad porque a pesar de los cientos de lunares de su gobierno, ha demostrado que en su proyecto hay lugar para el debate y para el desacuerdo, y que garantiza un mínimo nivel de respeto a las instituciones, lo que me hace pensar que aún entonces los opositores sobreviviremos.

Así que este domingo demostraremos si nos merecemos una segunda oportunidad sobre la tierra, o si más bien somos una estirpe condenada a cien años de guerra.

¿La paz o la victoria?

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Hace algunas semanas conversé con alguien que se refirió a la marcha de 2002 como una marcha por la paz de Colombia. Recuerdo que le dije que en mi opinión esa no fue una marcha por la paz sino una marcha contra las FARC, que no es precisamente lo mismo. Hoy, muchas de esas personas que marcharon portando el contundente mensaje de NO MAS FARC se rehúsan a unirse a la marcha de los aliados por la paz por diversas razones.

De algún modo siento que eso confirma mi impresión. Muchos de los colombianos que marcharon entonces, movimientos urbanos especialmente, no estaban expresando un grito por la paz, sino un grito por la victoria y un espaldarazo a la política de defensa del gobierno de entonces. Pero hasta la fecha, la sociedad civil colombiana, nunca ha clamado unida por la paz.

Hoy, cuando sectores muy diversos e incluso opuestos se movilizan para apoyar el proceso de paz, muchas personas dan un paso a un lado, desaprovechando una única oportunidad de cambiar la historia de Colombia.

Las razones son muy diversas, muchas personas dicen querer la paz pero solamente después de un montón de otras prioridades; hablan de impunidad, de regalar al país. Lo que entiendo es que estas personas quisieran algo más parecido a una rendición unilateral de parte de las FARC, quisieran que un día todos los insurgentes se entregaran a la justicia colombiana después de cincuenta años de guerra y sean procesados como delincuentes comunes. Pienso que al deseo de ese escenario no se le podría llamar querer la paz, eso sería más bien desear la victoria contundente del estado colombiano. Pero ganar la guerra, no es lo mismo que hacer la paz, pienso yo. Así como simplemente el cese del conflicto no es paz, eso está claro.

Sin duda el sueño de una paz profunda y sostenida, de un país donde se garanticen los derechos a todos los ciudadanos, donde coexistan pacíficamente personas con diversas formas de ver la vida, donde se ejerza la justicia, donde el Estado no se entienda tan sólo como ejército sino como un agente de bienestar, es algo que no se logra a través de marchas. No obstante, estoy convencida de que el primer reto es sembrar el deseo de paz, crear la posibilidad en nuestra imaginación, abrir los ojos y darnos cuenta de que no tenemos que vivir condenados a la guerra.

Yo renuncio a la mentalidad de guerra en la que siempre pierden unos y ganan otros. Yo creo que es posible un país y un descenlace en donde todos ganemos, si así lo elegimos. ¿Y usted?

Carta a los buenos de Colombia

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Después de leer tu mensaje me quedé pensando muchas cosas. En primer lugar me doy cuenta de que compartimos muchos principios e ideales. Siento que el país que ustedes sueñan es el mismo país en el que yo quisiera vivir, que comparto su búsqueda por priorizar el ser sobre el tener, y admiro la forma como han elegido educar a su hijo, un niño libre y feliz. Eso me alegra, ver que cada vez somos más personas las que vemos la vida de esta manera.

Así mismo, comparto tu análisis. Creo que es fundamental analizar la situación de Colombia desde una perspectiva histórica y entender que somos el resultado de varios siglos de colonialismo, etapa que aún no hemos querido superar. Estoy totalmente de acuerdo en que esta élite, que dirige los destinos de nuestro país y que organiza un sistema que funciona para su exclusivo beneficio, está llena de miedo. Que este país está enraizado en el miedo, el miedo natural de quien ha usurpado por la fuerza y la sangre, el miedo del que ha violentado a otros y teme represalias, el miedo del que hace sus negocios en la oscuridad.

También estoy convencida de que sólo nosotros podremos cambiar esto, dejando de legitimar con nuestras acciones este sistema excluyente y haciéndole la venia a los poderosos. Sin embargo me duele ver el nivel de manipulación en que viven los colombianos, consumiendo novelas y aún peor narco-novelas, viendo noticieros cuyas noticias son manipuladas por interés, opinando lo que dicen los periódicos y revistas que monopolizan la información, orgullosamente embriagados en el conformismo. Me sorprende cuando veo las opiniones de la gente, que parecen sacadas de un titular del periódico. Todos opinan lo mismo, sin ninguna comprensión real de lo que implica aquello que opinan.

Es entonces cuando pienso que en realidad no somos víctimas de la historia o del sistema, sino responsables. Que hemos permitido y seguimos permitiendo que las cosas pasen así, que las élites despilfarren las riquezas de nuestro país para su conveniencia sin siquiera enterarnos (porque por supuesto eso no va a salir en los noticieros), que no nos interesamos por hacer el mínimo esfuerzo por influir en los destinos de nuestro país sino que se nos va la vida en la consecución de nuestros pequeñísimos logros privados.

Por eso, estoy convencida que la distinción entre “los buenos” y “los malos” nunca nos va a llevar a cambiar las cosas. Porque a toda la gente con la que hablo le escucho decir eso, que “somos más los buenos que los malos”, y por supuesto el que habla se cuenta entre los buenos. Pues claro, acaso ¿quién diría que él mismo está entre los malos de Colombia? Sin duda alguna, el político corrupto se ve a sí mismo como un gran hombre, como un buen padre, un buen católico, un buen amigo, que busca lo mejor para los suyos. Por supuesto se cuenta a sí mismo entre los buenos, con base en su forma de ver el mundo y en unos valores que privilegian el beneficio personal sobre el beneficio público.
Lo que siento es que en Colombia todo el mundo explica el problema de una forma muy sencilla y ambigua que yo resumiría así: “Colombia es un país maravilloso, lleno de riquezas y recursos, pero por culpa de unos pocos malos no hemos podido llegar a ser un gran país y vivir como queremos”.
Entonces me pregunto yo ¿quiénes son esos malos? Para algunos son los guerrilleros, para otros son los políticos corruptos, para otros son los de la clase dominante, para otros son los de izquierda que no dejan que el país explote sus recursos mineros y traiga la tan afamada inversión extranjera, para otros son los narcos… y para otros, que ni siquiera le han puesto cara a su discurso, los malos son simplemente otros, cualquiera que sea, pero no yo. Porque el problema nunca puedo ser yo.

Y yo creo que de algún modo esa es la fórmula para el fracaso eterno. Si el problema siempre es otro, pues no hay nada que yo pueda hacer para solucionarlo, porque cambiar a otros es imposible. Por eso en Colombia nos matamos, matamos al otro, al que piensa diferente a mí. Esa es, tristemente, la única solución posible al problema: eliminar al otro, al malo.

Mi propuesta es muy simple. Dejar de difundir esa idea de que somos más los buenos que los malos, dejar de promulgar esa falsa división de Colombia entre buenos y malos, y empezar a asumir responsabilidad difundiendo un discurso que reconozca que hay muchas cosas que cada uno puede empezar a hacer, como informarse bien, escuchar a otros, aceptar que podemos convivir en paz con distintas formas de ver la vida, ver menos televisión (o no ver en absoluto), votar a conciencia, hacerle seguimiento a los políticos por los que vota, cumplir la ley, no creerle a los noticieros… y muchas cosas más. Se trata simplemente de reemplazar la creencia de que el problema de Colombia son los malos por la creencia de que El problema de Colombia soy YO y por eso mismo, soy la solución.

Nunca es tarde para aprender / Never is too late to learn

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En Enero de este año a Camilo se le ocurrió comprar un libro para aprender a dibujar. Después de un par de días de lectura y dos sesiones de dibujo su progreso entre las personas de “palito” y los nuevos dibujos fue tan impresionante que me animé a unirme a él en la misión de aprender a dibujar.

Su paciencia para leer el libro, preparar los materiales y hacer los ejercicios conllevó a que Camilo se convirtiera en mi maestro de dibujo, aunque sólo me llevara dos días de ventaja. El proceso ha sido sorprendente y nos ha permitido revelar el mito del talento. Para dibujar bien sólo se necesitan ganas, dedicación e información correcta.

Hoy quiero compartir mi dibujo más reciente para animarlos a aprender cosas para las cuales creyeron que ya era demasiado tarde.

Nunca es tarde.

Dibujo-campesina-ana

Never is too late to learn

Last January Camilo decided to buy a book to learn to draw. After a couple of days of drawing sessions his progress from “stick-people-drawings” and  a completely new way of  drawing was so impressive that I decided to join him.

His patience to read the book, prepare the materials and do the exercises turned Camilo into my drawing teacher, although he was only two days ahead of me. This amazing process has allowed us to reveal the myth of talent. Being good at drawing only needs desire, dedication and the right information.

Today I want to share my most recent drawing to encourage you to learn things for which believed it was too late.

Never is too late.

Orgullosamente campesina

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La primera vez que pensé en esta idea fue hace más de un año. Por esa época se habían popularizado en Facebook unos mosaicos que mostraban normalmente 6 fotos acerca de un tema. Cada foto representaba lo que piensa un grupo sobre aquel. Por ejemplo, lo que piensan mis amigos que yo hago en mi profesión, lo que piensa mi mamá, lo que piensa mi jefe, lo que realmente hago… y así con muchos temas. Millones de imágenes fueron creadas dentro de esta repentina moda y billones de clichés fueron compartidos a lo largo, ancho y profundo de la red. Hubo sin embargo un par de estas imágenes que me quedaron clavadas en el corazón. Las que tenían que ver con Colombia y ser colombiano.

Recuerdo especialmente una. En la foto de “lo que mis amigos piensan que hace mi papá” aparecía un campesino en alguna región verde del país cargando bultos, y en la de “lo que mi papá realmente hace” se muestra una foto de stock con un hombre rubio, en corbata, en una oficina de lujo. En otro renglón se aborda el “como mis amigos piensan que vivimos en Colombia” para lo que se muestra una montaña poblada de vivienda de invasión, mientras que en la de “como vivimos realmente” se muestra una mansión de tierra caliente con piscina y acabados de lujo. El último renglón se trata de “cómo mis amigos creen que somos los colombianos”. No recuerdo exactamente que se muestra en la primera, sólo recuerdo que en la foto de “como somos realmente los colombianos” aparecen Juanes y Shakira, como grandes representantes de la diversidad de nuestra sociedad.

Me daba tristeza ver cientos de personas, de hecho miles, compartiendo esta foto. Me resultaba aterrador evidenciar de esta manera el imaginario colombiano, identificar ese país lleno de vergüenza de sus propias raíces, ese país que lleva siglos negando nuestro mestizaje, ese país que se rehusa a aceptar su propia piel.

De todas las fotos la que más me dolió fue la comparación entre el campesino y el ejecutivo. Si bien las muchas décadas de violencia han ido desocupando nuestro campo y acorralando gente en las ciudades, el campesino sigue siendo una columna de nuestro país. Irónicamente, Colombia es un país cuyas exportaciones corresponden casi exclusivamente a productos primarios: café, bananos, flores, carbón, esmeraldas, cocaína. No obstante, la cultura de la marcada desigualdad social y racial ha conllevado a una generalizada negación del rol de campesino, a una sub-valoración del conocimiento, de la contribución, de la labor del campesino. Desde que tengo memoria la categoría “campesino” está llena de significado en Colombia y conlleva ignorancia, subordinación, inferioridad, pobreza, atraso cultural.

El masivo interés por mostrarnos como un país blanco, de gente ejecutiva, moderna, urbana, es el reflejo de nuestras propias desigualdades, de nuestro aislamiento geográfico y racial, de nuestra incapacidad de observarnos de cuerpo entero; refleja un tipo de colombiano que desconoce una parte de sí, que se siente presionado por corresponder a un estereotipo legado del estricto orden colonia de razas y jerarquías, que no acepta el ser colombiano con todo lo que esto incluye: negros, indígenas, campesinos, estudiantes, narcos, guerrilleros, paracos, policías, políticos, vendedores de semáforo…

La enorme distancia entre el señor y el peón ha sido una de las grandes semillas de nuestra historia de violencia, de la emergencia del narcotráfico como mecanismo de ascenso social, del profundo resentimiento que permea nuestra sociedad. Sin embargo, tristemente, esta simple campaña de Facebook demuestra que esto no ha cambiado y que los cibernautas colombianos se esfuerzan por mantenerla y así demostrar que ellos al distinguirse del campesino se alejan del peón y se acercan al señor.

Sin duda podríamos seguir viviendo acorralados en las ciudades, respirando aire contaminado, quejándonos de cada pequeñez que opina el alcalde de nuestra ciudad. Podríamos seguir ignorando una guerra que nos es ajena porque ocurre allá, en el campo, una guerra que a la enorme mayoría no nos ha tocado vivir. Podríamos seguir experimentando una acelerada modernización tecnológica sin una verdadera modernidad política y cultural; podríamos seguir persiguiendo la globalización mientras abandonamos el campo a manos de las empresas multinacionales que extraen grandes beneficios a través de “locomotoras” de discurso, dejando a los campesinos escasamente suficiente para subsistir.

Pero yo no quiero eso. Quiero vivir en un país que reconoce todas sus facciones, que se mira de cuerpo entero y se acepta tanto sus virtudes como sus lunares, quiero vivir en una tierra donde se aprecia el valor del campo, de la naturaleza, y sobre todo de la gente que cuida de él.

La historia de nuestro campo esta plagada de sangre. La sucia lucha por la tierra que se inició en la conquista aún continúa y quizás continuará mientras la principal riqueza no provenga de otras fuentes de creación de valor, como la industria, el ingenio, la información, la creatividad. Pero sobre todo, nunca cesará mientras sigamos haciendo invisibles a las principales víctimas de esta lucha, a quienes viven la Colombia más verdadera, a quienes más aman esta tierra: a nuestros campesinos.

Y por eso hoy, a diferencia de lo que promueve la mencionada campaña de Facebook, y en honor a mi padre y abuelo campesino, gritaré que soy orgullosamente campesina.

De la protesta al sueño / From the protest to the dream

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Y ahí estaba yo corriendo sobre la nieve fresca para tomar el bus de las 5:30am y no correr el riesgo de perderme la primera manifestación de mi vida.

Sí, me da algo de vergüenza reconocer que a mis 27 años de vida nunca había estado en una protesta. De algún modo, cuando estaba en Colombia no creía en las manifestaciones, no creía que los políticos escucharan a los ciudadanos. Recuerdo haber observado con tristeza algunas caravanas dirigidas por unos pocos valientes ciudadanos comprometidos con causas olvidadas por la mayoría. Entonces y quizás aún hoy, yo me veía a mí misma contribuyendo más del lado de la producción de bienes colectivos, como a través del emprendimiento social, que en la participación política. Además, mi imaginario de clase media temerosa vinculaba inconscientemente protestar con un alto riesgo de ser herida o incluso morir. Hoy tengo la percepción, quizás multiplicada por la distancia, de que las cosas en Colombia han cambiado y que ya no es ese país sangriento en el que opinar se paga con la vida. Hoy me siento lista para protestar, pero sobre todo para construir.

Y así, después de casi cinco horas de viaje descendemos del autobús y bajo el cielo berlinés logro identificar las caras de los otros cuarenta manifestantes que habían viajado conmigo en el bus. Me sorprende la interesante mezcla de generaciones que se reúnen por esta causa. Mientras nos aproximamos a la multitud que se concentra frente a la estación de trenes sonrío al divisar las vacas, zanahorias, abejas, ovejas, cerdos y otros disfraces que eligieron algunos como expresión de su protesta.

Después de unos pocos minutos me detengo en medio de la multitud y empiezo a recorrer con la mirada toda la escena. A pesar de que mi presencia es más la de un turista y mi motivación para estar allí es más la curiosidad que la convicción, viene a mí un sentimiento de alegría como el que siento al ver las celebraciones de equipos de fútbol al quedar campeones. No sé si soy la única persona que experimenta esa alegría llorona al ver momentos como este. Un grupo de hombres y mujeres que a pesar de los -8ºC (con sensación térmica de -14ºC) elige caminar por cuatro horas por las calles de una ciudad fantasma sin interés individual alguno, sino por el romántico acto de de defender el mundo que sueñan, su idea de felicidad, un mundo en el que la comida es natural y los animales respetados, un mundo en el que el suelo es bien tratado y la producción no afecta las posibilidades de vida de la próxima generación.

Una hora después arranca la caravana. Caminamos unos dos o tres kilómetros muy lentamente, haciendo una vuelta casi circular que terminó en frente del Bundestag, el edificio del congreso alemán. El recorrido fue más bien silencioso, con algunas intervenciones musicales, pero con muy pocas intervenciones apasionadas que elevaran las vibraciones de los manifestantes. Cuando el frío pudo más que la voluntad nos retiramos a un refugio a compartir una sopa vegetariana comunitaria y pocos minutos después regresamos al bus que nos llevaría por otras cinco horas de vuelta a casa.

No sé si la protesta sería efectiva o no, pero puedo decir que mi opinión sobre estas en general cambió un poco. No porque ahora crea que son efectivas, sino porque me di cuenta de que no se tratan de convencer al gobierno, sino de persuadir a otros ciudadanos a exigir el mundo que todos nos merecemos, a soñar juntos.

Entonces recuerdo a mi país, recuerdo las protestas estudiantiles del 2011, recuerdo incluso un post que escribí entonces y me pregunto en dónde quedó el sueño de tener educación pública para todos, en dónde quedó el compromiso de la nueva generación de jóvenes.
Pienso que sí, las protestas son valiosas, pero estas sólo ocurren en coyunturas específicas, cuando una gota rebosa la copa y se ve la necesidad de salir, de tomarse la calle y expresar el sentir colectivo. Sin embargo, yo sospecho que no es en la calle donde se sueña, sino donde se manifiesta el sueño, el que se ha construido antes, en los círculos más cercanos, en las conversaciones familiares, en la clase, en la mesa y en la cama.
Y de repente vuelvo a soñar, esta vez no tanto con un país que protesta, sino con un país que discute sobre el futuro común, con un lugar en donde la gente se comunica y logra llegar a acuerdos, donde los amigos se ocupan de enrolar a otros en un sueño colectivo, con un país que se construye en casa.

From the protest to the dream

And there I was. Running on the snow to catch the 5:30 bus and avoiding the risk of missing my first manifestation.

Yeah, I’m kind of embarrassed to admit that in 27 years I had never been to a protest. When I was in Colombia I did not believe in protests, did not believe politicians would listen to the people. I sadly remember watching some caravans run by a few brave citizens committed to causes forgotten by most of us. Then, and perhaps even today, I saw myself more as a social entrepreneur than as a political activist. Also, my fearful middle class imaginary unconsciously linked protests with a high risk of being injured or even killed. But today I have the perception, perhaps multiplied by the distance, that things are changing in Colombia and that our country is no longer that bloody place in which life is the price of expressing one’s view. Today I feel ready to protest, and especially ready to build together.

And so, after five hours of ride we got off the bus under Berlin’s sky and I was finally able to identify the faces of the forty protesters who were traveling with us. I was surprised of the interesting mix of generations coming together for this cause. As we approached the crowd gathering in front of the train station I smiled at the sight of cows, carrots, bees, sheep, pigs and other costumes people chose to show their protest.

After a few minutes I stopped and stared at the whole scene. Although my presence was more the kind of a tourist and my motivation for being there was more curiosity than conviction, it came to me the feeling of joy that I feel when watching the celebrations of winning soccer teams. I do not know if I am the only person experiencing this weeping joy in moments like this. A group of men and women who despite -8 º C (perceived as -14 º C) chooses to walk for four hours on the streets of a ghost city, moved by no self-interest, but only moved by the romantic act of defending their dreamed world, their idea of ​​happiness, a world where food is natural and animals are respected, a world in which the soil is well treated and production does not affect the life chances of the next generations.

An hour later the caravan started. We walked about a mile or two, very slowly, making an almost circular course that ended in front of the Bundestag, the German congress building. The path was rather quiet, with some musical interventions, but with very few passionate expressions that elevate the protesters’ vibrations. When the temperature defeated our will, we retreated to a shelter to share a communal vegetarian soup and a few minutes later we returned to the bus that would take us another five hours back home.

I do not know whether the protest was effective or not, but I can tell that my general opinion on these changed a bit. Not because I now believe them to be effective, but because I realized they are not about convincing the government, but about persuading other citizens to demand the world we all deserve, about inviting them to dream together.

Then I remembered my country, I remembered the student protests of 2011, even remembered a post I wrote then and I wondered what became of the dream of public education for all, what happened with the commitment of the new generation of colombian youth.

I think yes, protests are valuable, they are important, but these only occur in specific situations, when a drop overflows the cup and people see the need to go out, take the street and express their collective sense. However, I suspect it is not on the street where dreams are born, but where dreams are uttered, dreams which have been built before, in closest circles, in family conversations, in classes, on the table, in the bed.

And suddenly I dream again, this time not with a country that protests, but with a country that discusses our common future, a place where people communicate and reach agreements, where friends enroll other friends in a collective dream, with a country built at home.