Escaleras eléctricas

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Al parecer cuatro meses en la calma de Freiburg fueron suficientes para hacerme olvidar de la rutina del estrés y el acelerado paso de la vida en las grandes ciudades. O quizás esta rutina del estrés bogotano empezó a desaparecer de mi vida mucho antes cuando dije adiós al transporte público y empecé a movilizarme exclusivamente en bicicleta en mi pequeña Bogotá (entre la 72 y la 134).

Realmente había olvidado a la gente corriendo, los sutiles empujones para pasar, las multitudes transportándose en horas pico, las malas caras durante el desplazamiento, personas absortas en el celular bien sea hablando o digitando, los carros atravesándose a los peatones, la necesidad de tener precaución con los bienes personales, la necesidad de ir al ritmo para no ser devorada por la velocidad a la que se mueve la ciudad.

Entonces recordé cuando yo hacía parte de esa gente a la cual el día no le alcanza para vivir.

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