Mi atardecer

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Hoy se me fue el día entre rutinas y novedades, alistando un trasteo, leyendo, comiendo, confundiéndome con la generosa presencia de la luz. Desde temprano decidí que saldría a correr antes de que oscureciera. Cuando abrí la puerta aún estaba el cielo claro y se percibían los rayos de sol a lo lejos. Me costaba creer que el reloj marcara las 20 horas.
Empecé a recorrer nuestra manzana. Estas pocas cuadras que aguardan la memoria y la promesa de las uvas, del maíz, de las flores que la tierra nos regalará en el verano y aún después. Me preguntaba cómo será este paisaje en un mes, cómo sería la foto de este terreno hoy negro y agujereado, pero en esencia fertil y listo para florecer. Por primera vez sentí que extrañaría este pueblito. Extrañaría ese relativo silencio que eventualmente es roto por un carro acelerando a varios kilómetros de distancia, o por la explosión de pájaros que está trayendo la primavera.
Nunca hubiera imaginado que llegaría a gustarme tanto la vida en el campo, pero sobre todo nunca imaginé que lograría prescindir de la agitada vida de la ciudad, de la interacción con muchas personas, de los eventos y actividades, para sentirme feliz, para ser feliz.
Entonces completé mis tres vueltas del día y me refugié frente a un pequeño kiosko para estirar un poco. Los rayos de sol ya eran sólo una sombra naranja sobre los árboles pelados en el fondo del panorama. Mientras estiraba suavemente esperando que mi pulso se normalizara un acordeón en la distancia reemplazó intempestivamente el canto del viento. Realmente no sabía de donde podía provenir el sonido de un acordeón en ese momento. Y creo que no era la única, porque de los balcones a mi espalda salieron vecinos a mirar. Tal vez ellos sí podían ver quien era el autor de ese oportuno canto al atardecer. Una melodía básica, una sucesión alternada de tónica, dominante y subdominante, interpretadas lentamente con la distintiva profundidad de un acordeón que aspira y expira con toda su capacidad, daba un majestuoso aire al instante.

Me acomodé sobre las rodillas, puse mis manos en el ombligo y empecé a respirar. Tres series de diez, tres series de veinte, tres entonaciones, y tres rondas más. De repente me sorprendí sonriendo, con una sonrisa inevitable.
Terminadas las series me acosté sobre el pasto, contemplé la felicidad que estaba dentro de mí, seguí sonriendo, sentía el ligero movimiento del viento sobre mi cuerpo, sentía la perfección del clima primaveral, suspiré.
Entonces abrí mis ojos y encontré un lienzo infinito, suficientemente claro para ser llamado azul y suficientemente oscuro para permitir brillar las estrellas y la luna menguante. Por un instante dudé si efectivamente había abierto los ojos o si seguía absorta en mi contemplación interior, confundí si ese cielo estrellado estaba afuera de mí o dentro de mí, o si éramos lo mismo, uno solo.

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2 responses »

  1. Jajaja…leí esto y sentí que hice todo el recorrido contigo…qué bonita experiencia. En éstos momentos uno despierta como en un sueño y todo parece que estuviera encantado…y uno se dice “Esto no puede ser verdad, la vida no puede ser tan increíble…”, pero el momento es tan real, tan intenso, que uno nunca podría negarlo…Como mi hermanita que me dice que nunca fue tan feliz como un día en Villa de Leyva, sentada en la terraza de un restaurante, escuchando a un hombre cantar.
    El final me recordó a un fragmento de un poema de Antonio Machado que siempre me ha encantado:

    “Y viendo cómo lucían
    miles de blancas estrellas,
    pensaba que todas ellas
    en su corazón ardían.”

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