De la protesta al sueño / From the protest to the dream

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Y ahí estaba yo corriendo sobre la nieve fresca para tomar el bus de las 5:30am y no correr el riesgo de perderme la primera manifestación de mi vida.

Sí, me da algo de vergüenza reconocer que a mis 27 años de vida nunca había estado en una protesta. De algún modo, cuando estaba en Colombia no creía en las manifestaciones, no creía que los políticos escucharan a los ciudadanos. Recuerdo haber observado con tristeza algunas caravanas dirigidas por unos pocos valientes ciudadanos comprometidos con causas olvidadas por la mayoría. Entonces y quizás aún hoy, yo me veía a mí misma contribuyendo más del lado de la producción de bienes colectivos, como a través del emprendimiento social, que en la participación política. Además, mi imaginario de clase media temerosa vinculaba inconscientemente protestar con un alto riesgo de ser herida o incluso morir. Hoy tengo la percepción, quizás multiplicada por la distancia, de que las cosas en Colombia han cambiado y que ya no es ese país sangriento en el que opinar se paga con la vida. Hoy me siento lista para protestar, pero sobre todo para construir.

Y así, después de casi cinco horas de viaje descendemos del autobús y bajo el cielo berlinés logro identificar las caras de los otros cuarenta manifestantes que habían viajado conmigo en el bus. Me sorprende la interesante mezcla de generaciones que se reúnen por esta causa. Mientras nos aproximamos a la multitud que se concentra frente a la estación de trenes sonrío al divisar las vacas, zanahorias, abejas, ovejas, cerdos y otros disfraces que eligieron algunos como expresión de su protesta.

Después de unos pocos minutos me detengo en medio de la multitud y empiezo a recorrer con la mirada toda la escena. A pesar de que mi presencia es más la de un turista y mi motivación para estar allí es más la curiosidad que la convicción, viene a mí un sentimiento de alegría como el que siento al ver las celebraciones de equipos de fútbol al quedar campeones. No sé si soy la única persona que experimenta esa alegría llorona al ver momentos como este. Un grupo de hombres y mujeres que a pesar de los -8ºC (con sensación térmica de -14ºC) elige caminar por cuatro horas por las calles de una ciudad fantasma sin interés individual alguno, sino por el romántico acto de de defender el mundo que sueñan, su idea de felicidad, un mundo en el que la comida es natural y los animales respetados, un mundo en el que el suelo es bien tratado y la producción no afecta las posibilidades de vida de la próxima generación.

Una hora después arranca la caravana. Caminamos unos dos o tres kilómetros muy lentamente, haciendo una vuelta casi circular que terminó en frente del Bundestag, el edificio del congreso alemán. El recorrido fue más bien silencioso, con algunas intervenciones musicales, pero con muy pocas intervenciones apasionadas que elevaran las vibraciones de los manifestantes. Cuando el frío pudo más que la voluntad nos retiramos a un refugio a compartir una sopa vegetariana comunitaria y pocos minutos después regresamos al bus que nos llevaría por otras cinco horas de vuelta a casa.

No sé si la protesta sería efectiva o no, pero puedo decir que mi opinión sobre estas en general cambió un poco. No porque ahora crea que son efectivas, sino porque me di cuenta de que no se tratan de convencer al gobierno, sino de persuadir a otros ciudadanos a exigir el mundo que todos nos merecemos, a soñar juntos.

Entonces recuerdo a mi país, recuerdo las protestas estudiantiles del 2011, recuerdo incluso un post que escribí entonces y me pregunto en dónde quedó el sueño de tener educación pública para todos, en dónde quedó el compromiso de la nueva generación de jóvenes.
Pienso que sí, las protestas son valiosas, pero estas sólo ocurren en coyunturas específicas, cuando una gota rebosa la copa y se ve la necesidad de salir, de tomarse la calle y expresar el sentir colectivo. Sin embargo, yo sospecho que no es en la calle donde se sueña, sino donde se manifiesta el sueño, el que se ha construido antes, en los círculos más cercanos, en las conversaciones familiares, en la clase, en la mesa y en la cama.
Y de repente vuelvo a soñar, esta vez no tanto con un país que protesta, sino con un país que discute sobre el futuro común, con un lugar en donde la gente se comunica y logra llegar a acuerdos, donde los amigos se ocupan de enrolar a otros en un sueño colectivo, con un país que se construye en casa.

From the protest to the dream

And there I was. Running on the snow to catch the 5:30 bus and avoiding the risk of missing my first manifestation.

Yeah, I’m kind of embarrassed to admit that in 27 years I had never been to a protest. When I was in Colombia I did not believe in protests, did not believe politicians would listen to the people. I sadly remember watching some caravans run by a few brave citizens committed to causes forgotten by most of us. Then, and perhaps even today, I saw myself more as a social entrepreneur than as a political activist. Also, my fearful middle class imaginary unconsciously linked protests with a high risk of being injured or even killed. But today I have the perception, perhaps multiplied by the distance, that things are changing in Colombia and that our country is no longer that bloody place in which life is the price of expressing one’s view. Today I feel ready to protest, and especially ready to build together.

And so, after five hours of ride we got off the bus under Berlin’s sky and I was finally able to identify the faces of the forty protesters who were traveling with us. I was surprised of the interesting mix of generations coming together for this cause. As we approached the crowd gathering in front of the train station I smiled at the sight of cows, carrots, bees, sheep, pigs and other costumes people chose to show their protest.

After a few minutes I stopped and stared at the whole scene. Although my presence was more the kind of a tourist and my motivation for being there was more curiosity than conviction, it came to me the feeling of joy that I feel when watching the celebrations of winning soccer teams. I do not know if I am the only person experiencing this weeping joy in moments like this. A group of men and women who despite -8 º C (perceived as -14 º C) chooses to walk for four hours on the streets of a ghost city, moved by no self-interest, but only moved by the romantic act of defending their dreamed world, their idea of ​​happiness, a world where food is natural and animals are respected, a world in which the soil is well treated and production does not affect the life chances of the next generations.

An hour later the caravan started. We walked about a mile or two, very slowly, making an almost circular course that ended in front of the Bundestag, the German congress building. The path was rather quiet, with some musical interventions, but with very few passionate expressions that elevate the protesters’ vibrations. When the temperature defeated our will, we retreated to a shelter to share a communal vegetarian soup and a few minutes later we returned to the bus that would take us another five hours back home.

I do not know whether the protest was effective or not, but I can tell that my general opinion on these changed a bit. Not because I now believe them to be effective, but because I realized they are not about convincing the government, but about persuading other citizens to demand the world we all deserve, about inviting them to dream together.

Then I remembered my country, I remembered the student protests of 2011, even remembered a post I wrote then and I wondered what became of the dream of public education for all, what happened with the commitment of the new generation of colombian youth.

I think yes, protests are valuable, they are important, but these only occur in specific situations, when a drop overflows the cup and people see the need to go out, take the street and express their collective sense. However, I suspect it is not on the street where dreams are born, but where dreams are uttered, dreams which have been built before, in closest circles, in family conversations, in classes, on the table, in the bed.

And suddenly I dream again, this time not with a country that protests, but with a country that discusses our common future, a place where people communicate and reach agreements, where friends enroll other friends in a collective dream, with a country built at home.

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