Orgullosamente campesina

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La primera vez que pensé en esta idea fue hace más de un año. Por esa época se habían popularizado en Facebook unos mosaicos que mostraban normalmente 6 fotos acerca de un tema. Cada foto representaba lo que piensa un grupo sobre aquel. Por ejemplo, lo que piensan mis amigos que yo hago en mi profesión, lo que piensa mi mamá, lo que piensa mi jefe, lo que realmente hago… y así con muchos temas. Millones de imágenes fueron creadas dentro de esta repentina moda y billones de clichés fueron compartidos a lo largo, ancho y profundo de la red. Hubo sin embargo un par de estas imágenes que me quedaron clavadas en el corazón. Las que tenían que ver con Colombia y ser colombiano.

Recuerdo especialmente una. En la foto de “lo que mis amigos piensan que hace mi papá” aparecía un campesino en alguna región verde del país cargando bultos, y en la de “lo que mi papá realmente hace” se muestra una foto de stock con un hombre rubio, en corbata, en una oficina de lujo. En otro renglón se aborda el “como mis amigos piensan que vivimos en Colombia” para lo que se muestra una montaña poblada de vivienda de invasión, mientras que en la de “como vivimos realmente” se muestra una mansión de tierra caliente con piscina y acabados de lujo. El último renglón se trata de “cómo mis amigos creen que somos los colombianos”. No recuerdo exactamente que se muestra en la primera, sólo recuerdo que en la foto de “como somos realmente los colombianos” aparecen Juanes y Shakira, como grandes representantes de la diversidad de nuestra sociedad.

Me daba tristeza ver cientos de personas, de hecho miles, compartiendo esta foto. Me resultaba aterrador evidenciar de esta manera el imaginario colombiano, identificar ese país lleno de vergüenza de sus propias raíces, ese país que lleva siglos negando nuestro mestizaje, ese país que se rehusa a aceptar su propia piel.

De todas las fotos la que más me dolió fue la comparación entre el campesino y el ejecutivo. Si bien las muchas décadas de violencia han ido desocupando nuestro campo y acorralando gente en las ciudades, el campesino sigue siendo una columna de nuestro país. Irónicamente, Colombia es un país cuyas exportaciones corresponden casi exclusivamente a productos primarios: café, bananos, flores, carbón, esmeraldas, cocaína. No obstante, la cultura de la marcada desigualdad social y racial ha conllevado a una generalizada negación del rol de campesino, a una sub-valoración del conocimiento, de la contribución, de la labor del campesino. Desde que tengo memoria la categoría “campesino” está llena de significado en Colombia y conlleva ignorancia, subordinación, inferioridad, pobreza, atraso cultural.

El masivo interés por mostrarnos como un país blanco, de gente ejecutiva, moderna, urbana, es el reflejo de nuestras propias desigualdades, de nuestro aislamiento geográfico y racial, de nuestra incapacidad de observarnos de cuerpo entero; refleja un tipo de colombiano que desconoce una parte de sí, que se siente presionado por corresponder a un estereotipo legado del estricto orden colonia de razas y jerarquías, que no acepta el ser colombiano con todo lo que esto incluye: negros, indígenas, campesinos, estudiantes, narcos, guerrilleros, paracos, policías, políticos, vendedores de semáforo…

La enorme distancia entre el señor y el peón ha sido una de las grandes semillas de nuestra historia de violencia, de la emergencia del narcotráfico como mecanismo de ascenso social, del profundo resentimiento que permea nuestra sociedad. Sin embargo, tristemente, esta simple campaña de Facebook demuestra que esto no ha cambiado y que los cibernautas colombianos se esfuerzan por mantenerla y así demostrar que ellos al distinguirse del campesino se alejan del peón y se acercan al señor.

Sin duda podríamos seguir viviendo acorralados en las ciudades, respirando aire contaminado, quejándonos de cada pequeñez que opina el alcalde de nuestra ciudad. Podríamos seguir ignorando una guerra que nos es ajena porque ocurre allá, en el campo, una guerra que a la enorme mayoría no nos ha tocado vivir. Podríamos seguir experimentando una acelerada modernización tecnológica sin una verdadera modernidad política y cultural; podríamos seguir persiguiendo la globalización mientras abandonamos el campo a manos de las empresas multinacionales que extraen grandes beneficios a través de “locomotoras” de discurso, dejando a los campesinos escasamente suficiente para subsistir.

Pero yo no quiero eso. Quiero vivir en un país que reconoce todas sus facciones, que se mira de cuerpo entero y se acepta tanto sus virtudes como sus lunares, quiero vivir en una tierra donde se aprecia el valor del campo, de la naturaleza, y sobre todo de la gente que cuida de él.

La historia de nuestro campo esta plagada de sangre. La sucia lucha por la tierra que se inició en la conquista aún continúa y quizás continuará mientras la principal riqueza no provenga de otras fuentes de creación de valor, como la industria, el ingenio, la información, la creatividad. Pero sobre todo, nunca cesará mientras sigamos haciendo invisibles a las principales víctimas de esta lucha, a quienes viven la Colombia más verdadera, a quienes más aman esta tierra: a nuestros campesinos.

Y por eso hoy, a diferencia de lo que promueve la mencionada campaña de Facebook, y en honor a mi padre y abuelo campesino, gritaré que soy orgullosamente campesina.

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