Carta a los buenos de Colombia

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Después de leer tu mensaje me quedé pensando muchas cosas. En primer lugar me doy cuenta de que compartimos muchos principios e ideales. Siento que el país que ustedes sueñan es el mismo país en el que yo quisiera vivir, que comparto su búsqueda por priorizar el ser sobre el tener, y admiro la forma como han elegido educar a su hijo, un niño libre y feliz. Eso me alegra, ver que cada vez somos más personas las que vemos la vida de esta manera.

Así mismo, comparto tu análisis. Creo que es fundamental analizar la situación de Colombia desde una perspectiva histórica y entender que somos el resultado de varios siglos de colonialismo, etapa que aún no hemos querido superar. Estoy totalmente de acuerdo en que esta élite, que dirige los destinos de nuestro país y que organiza un sistema que funciona para su exclusivo beneficio, está llena de miedo. Que este país está enraizado en el miedo, el miedo natural de quien ha usurpado por la fuerza y la sangre, el miedo del que ha violentado a otros y teme represalias, el miedo del que hace sus negocios en la oscuridad.

También estoy convencida de que sólo nosotros podremos cambiar esto, dejando de legitimar con nuestras acciones este sistema excluyente y haciéndole la venia a los poderosos. Sin embargo me duele ver el nivel de manipulación en que viven los colombianos, consumiendo novelas y aún peor narco-novelas, viendo noticieros cuyas noticias son manipuladas por interés, opinando lo que dicen los periódicos y revistas que monopolizan la información, orgullosamente embriagados en el conformismo. Me sorprende cuando veo las opiniones de la gente, que parecen sacadas de un titular del periódico. Todos opinan lo mismo, sin ninguna comprensión real de lo que implica aquello que opinan.

Es entonces cuando pienso que en realidad no somos víctimas de la historia o del sistema, sino responsables. Que hemos permitido y seguimos permitiendo que las cosas pasen así, que las élites despilfarren las riquezas de nuestro país para su conveniencia sin siquiera enterarnos (porque por supuesto eso no va a salir en los noticieros), que no nos interesamos por hacer el mínimo esfuerzo por influir en los destinos de nuestro país sino que se nos va la vida en la consecución de nuestros pequeñísimos logros privados.

Por eso, estoy convencida que la distinción entre “los buenos” y “los malos” nunca nos va a llevar a cambiar las cosas. Porque a toda la gente con la que hablo le escucho decir eso, que “somos más los buenos que los malos”, y por supuesto el que habla se cuenta entre los buenos. Pues claro, acaso ¿quién diría que él mismo está entre los malos de Colombia? Sin duda alguna, el político corrupto se ve a sí mismo como un gran hombre, como un buen padre, un buen católico, un buen amigo, que busca lo mejor para los suyos. Por supuesto se cuenta a sí mismo entre los buenos, con base en su forma de ver el mundo y en unos valores que privilegian el beneficio personal sobre el beneficio público.
Lo que siento es que en Colombia todo el mundo explica el problema de una forma muy sencilla y ambigua que yo resumiría así: “Colombia es un país maravilloso, lleno de riquezas y recursos, pero por culpa de unos pocos malos no hemos podido llegar a ser un gran país y vivir como queremos”.
Entonces me pregunto yo ¿quiénes son esos malos? Para algunos son los guerrilleros, para otros son los políticos corruptos, para otros son los de la clase dominante, para otros son los de izquierda que no dejan que el país explote sus recursos mineros y traiga la tan afamada inversión extranjera, para otros son los narcos… y para otros, que ni siquiera le han puesto cara a su discurso, los malos son simplemente otros, cualquiera que sea, pero no yo. Porque el problema nunca puedo ser yo.

Y yo creo que de algún modo esa es la fórmula para el fracaso eterno. Si el problema siempre es otro, pues no hay nada que yo pueda hacer para solucionarlo, porque cambiar a otros es imposible. Por eso en Colombia nos matamos, matamos al otro, al que piensa diferente a mí. Esa es, tristemente, la única solución posible al problema: eliminar al otro, al malo.

Mi propuesta es muy simple. Dejar de difundir esa idea de que somos más los buenos que los malos, dejar de promulgar esa falsa división de Colombia entre buenos y malos, y empezar a asumir responsabilidad difundiendo un discurso que reconozca que hay muchas cosas que cada uno puede empezar a hacer, como informarse bien, escuchar a otros, aceptar que podemos convivir en paz con distintas formas de ver la vida, ver menos televisión (o no ver en absoluto), votar a conciencia, hacerle seguimiento a los políticos por los que vota, cumplir la ley, no creerle a los noticieros… y muchas cosas más. Se trata simplemente de reemplazar la creencia de que el problema de Colombia son los malos por la creencia de que El problema de Colombia soy YO y por eso mismo, soy la solución.

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