Elecciones: el juicio final

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Este domingo demostraremos si nos merecemos una segunda oportunidad sobre la tierra, o si más bien somos una estirpe condenada a cien años de guerra.

Hace unos cuatro o cinco años ocurrió un evento tremendamente simple que sintetiza para mí magistralmente la realidad de Colombia hoy y siempre. Por esos días los medios habían publicado que durante un vuelo de Avianca de Bogotá a Caracas los pasajeros colombianos habían ofendido, e intentado golpear a Piedad Córdoba. En medio de una reunión familiar alguien mencionó la noticia, a lo cual inmediatamente otro replicó -“es que a la hijueputa esa de Piedad Córdoba ojalá la mataran”-. Y mi rostro palideció en silencio con la impotencia de quien oye estas palabras de la boca de su propia sangre y con la certeza de que con la misma violencia con la que fue mencionada esta frase sería respondida cualquier crítica, especialmente una que venga de un miembro de la siguiente generación, como yo.

Entonces creía haber comprendido que Colombia está condenada a la guerra por esa simple y única razón: que en todos los estratos y en todas las regiones abunda la creencia de que al otro, al que piensa lo contrario a mí, al diferente … hay que matarlo. Porque desde el origen de esta patria hemos acallado el desacuerdo con la muerte y portamos con orgullo el rojo de nuestra bandera, simbolizando la sangre que aún hoy se sigue regando sobre nuestros verdes.

Colombia está enfrascada en una visión del mundo que yo llamaría religiosa en la que el juego se trata de una lucha entre los “buenos” y los “malos”, y en la que el juego sólo se gana cuando se acaba con los malos. Pero estos van cambiando de rostro con el devenir del tiempo. Antes eran los liberales, luego los comunistas, ahora son los homosexuales, las mujeres que abortan, los castro-chavistas…

Esta visión del mundo celebra que se castigue a “los malos” sin importar el nivel de crueldad, pues con su maldad se lo han ganado así como los pecadores se ganan el fuego del infierno. Esta visión del mundo no conoce el concepto de derecho, mucho menos el de derechos humanos. Es esa forma de ver el mundo la que justifica pasar por encima de la ley y las instituciones para hacer realidad el sueño de tener un país donde sólo haya “gente buena”. Es esa visión la que explica que en este país aún haya gente que piensa que si un grupo de ciudadanos agarra un ladrón lo que debería hacer es darle una golpiza, o que si la policía agarra un delincuente lo que debería hacer es matarlo.

Hoy el país se enfrenta a un momento histórico único y difícilmente repetible. Y aunque hay quienes piensan que estamos eligiendo simplemente entre la guerra y la paz, entre firmar un acuerdo que ponga fin al conflicto o continuar la guerra hasta “ganarla”, yo creo que lo que estamos decidiendo es más que eso. Estoy convencida que lo que estamos eligiendo es el modelo de país que queremos tener, los valores que nos deben regir.

En cierto modo me imagino estas elecciones como si estuviéramos en un salón de clase en el que la profesora preguntase quiénes votan por el paquete familia, propiedad, religión y autoridad, y quienes votan por el paquete libertad, derecho, pluralidad, y justicia social. Así, las elecciones de este domingo son más bien la oportunidad para demostrar quienes son los ciudadanos que viven en este país.

De ganar Zuluaga probablemente esa sería una victoria totalmente legítima de la democracia meramente electoral, de la democracia de masas. Sin embargo sería a la vez una profunda derrota a la democracia deliberativa, la democracia de los argumentos. De ganar Zuluaga, sospecho que Colombia regresará el reinado de “la gente de bien”, un tiempo de persecución y censura a los “malos”, a los comunistas, a los homosexuales, a los drogadictos, a los sindicalistas, a todos los que no compartan ese proyecto de país que encabezan Uribe y Ordoñez.

De ganar Santos seríamos testigos de una broma a la democracia electoral, pues Santos sería presidente por segunda vez, siendo a la vez un tipo por el que nadie nunca votó. Porque nunca existió tal cosa como el “santismo”. Hace cuatro años los uribistas lo eligieron pensando que elegían a Uribe, y hoy, de elegirlo, lo hará más el miedo al regreso de Uribe al poder que la convicción en la gestión de Santos. Sin embargo, creo que es esa precisamente una victoria de la otra democracia, la democracia de las ideas y no de las personas. Porque Santos, en medio de su ausencia de verraquera, carisma y “pantalones”, encarna precisamente todo lo opuesto al caudillo, y en medio de su falta de superioridad moral representa no un gobierno de buenos contra malos sino un gobierno meramente humano, en el que todos venimos siendo igual de “malos”. Sería una victoria de la democracia de verdad porque a pesar de los cientos de lunares de su gobierno, ha demostrado que en su proyecto hay lugar para el debate y para el desacuerdo, y que garantiza un mínimo nivel de respeto a las instituciones, lo que me hace pensar que aún entonces los opositores sobreviviremos.

Así que este domingo demostraremos si nos merecemos una segunda oportunidad sobre la tierra, o si más bien somos una estirpe condenada a cien años de guerra.

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