Category Archives: Sobre la Felicidad

Nunca es tarde para aprender / Never is too late to learn

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En Enero de este año a Camilo se le ocurrió comprar un libro para aprender a dibujar. Después de un par de días de lectura y dos sesiones de dibujo su progreso entre las personas de “palito” y los nuevos dibujos fue tan impresionante que me animé a unirme a él en la misión de aprender a dibujar.

Su paciencia para leer el libro, preparar los materiales y hacer los ejercicios conllevó a que Camilo se convirtiera en mi maestro de dibujo, aunque sólo me llevara dos días de ventaja. El proceso ha sido sorprendente y nos ha permitido revelar el mito del talento. Para dibujar bien sólo se necesitan ganas, dedicación e información correcta.

Hoy quiero compartir mi dibujo más reciente para animarlos a aprender cosas para las cuales creyeron que ya era demasiado tarde.

Nunca es tarde.

Dibujo-campesina-ana

Never is too late to learn

Last January Camilo decided to buy a book to learn to draw. After a couple of days of drawing sessions his progress from “stick-people-drawings” and  a completely new way of  drawing was so impressive that I decided to join him.

His patience to read the book, prepare the materials and do the exercises turned Camilo into my drawing teacher, although he was only two days ahead of me. This amazing process has allowed us to reveal the myth of talent. Being good at drawing only needs desire, dedication and the right information.

Today I want to share my most recent drawing to encourage you to learn things for which believed it was too late.

Never is too late.

Perdón / Forgive me

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Los últimos días han sido oscuros. No sólo porque la inclinación de la tierra en invierno ocasione amaneceres tardíos y atardeceres tempranos, sino porque la niebla me cubrió.

Mis ojos brillantes se hicieron opacos, mi sonrisa se avergonzó y el amor se me quedó atorado en un pensamiento.
Hoy me doy cuenta de que soy culpable de haber sucumbido a la razón en corto tiempo, de haber mudado mi morada del corazón a la cabeza. Ya había advertido antes que ejercitar el juicio me extravía, que me separa, que me hace creer que entiendo, que sé.
No puedo pretender ser la víctima de un sistema educativo que promueve la crítica y el juicio, que premia a las personas que sostienen sus puntos de vista con argumentos fuertes y que van hasta el final para defenderlos y tener “LA RAZÓN”.
Ya antes había experimentado el exceso de “razón”, el exceso de palabras y la falta de silencios, el exceso de explicaciones y la falta de comprensiones, el exceso de análisis y la falta de visiones.
Me bastaron tres meses para caer en la avidez del conocimiento, en la ficción del saber mucho y en la adicción de querer saberlo todo.
Y muchos podrán decir que no hay problema en ello, más sólo aquellos que han experimentado alguna vez la belleza del mirar la vida con inocencia, de mirar otros ojos con la transparencia de una mente sin juicios, de un corazón vulnerable, podrán comprenderlo.

Quizás no es algo que le pase a todo el mundo, pero sí es algo que a mí me pasa. O quizás le pase a muchos y simplemente no se den cuenta de como la educación nos hace “más inteligentes”, nos crea opiniones, nos forma posiciones, nos consolida en algún “nosotros” que tarde o temprano se enfrenta con los “otros” en alguna discusión, en la defensa de una idea, de una causa, de una religión, de un proyecto político. Ignorando que ideas verdaderamente valiosas no tendrían la necesidad de llevarnos a conflictos, pues serían para la conveniencia de todos.

Ahora no se me ocurre más que empezar por pedir perdón. A todos aquellos que han encontrado una ventana cerrada en mis ojos y un juicio en mis palabras, y a mí por haber olvidado las lecciones ya aprendidas y haber sucumbido a la tentación del ego.

Me queda el reto de regresar a la genuina búsqueda de la inocencia, a pesar de los 18 meses de educación que aún vendrán para mí.

Forgive me

The last few days have been dark. Not only because the winter earth’s inclination causes early sunrises and late sunsets, but because I was covered by mist. The bright of my eyes became opaque, my smile got embarrassed and my love got stuck in a thought.

Today I realize I am guilty of having succumbed to reason in a very short time, of moving my dwelling from my heart to my head. I had already noticed that the exercise of judgment separates me from the rest, and makes me believe that I understand, that I know.

I can’t pretend to be a victim of an educational system that foster criticism and judgment, that rewards people for defending their positions with strong arguments, for going all the way to “be right”.

I had earlier experienced an excess of “reason”, an excess of words and a lack of silences, an excess of explanations and a lack of understandings, an excess of analysis and a lack of vision.

Only three months were enough for me to fall into the greed of knowledge, the fiction of knowing much and the addiction of willing to know everything.

Many may say that there is no problem about it, but only those who have ever experienced the beauty of looking at life with innocence, of staring at another eyes with the transparency of a mind free of judgment, with a vulnerable heart, will understand.

Maybe it doesn’t happen to everyone, but it is definitely something that happens to me. Or maybe it happens to many but they just don’t realize how education makes us “smarter”, how creates in us opinions and positions, how it makes us an “us” that sooner or later faces the “others” in a discussion, in the defense of an idea, a cause, a religion, a political project. Ignoring that truly valuable ideas would not need to lead to conflict, as they would be for the convenience of us all.

Now I can only begin by apologizing. To all those who have found a closed window in my eyes and a judgment in my words, and to me for forgetting the lessons already learned and have succumbed to the temptation of my ego.

I have now the challenge of coming back to the genuine search for innocence, despite 18 months of education that still remain for me.

Aprendiendo a escuchar 1

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Después de declinar un par de invitaciones culturales de Damaris asistimos finalmente a un concierto de la orquesta sinfónica de Osnabrück. Descubrir que la ciudad en la que vivimos, con menos 150.000 habitantes, cuenta con una orquesta sinfónica propia fue una sorpresa.
Cuando llegamos al auditorio, después de casi 12 horas en la universidad, entre las cuales cuentan tres horas intensivas de clase de contabilidad en alemán, me pregunté por un momento si había sido una buena decisión ir al concierto. Sin embargo cuando se completó nuestro grupo y el público comenzó a ingresar mi cansancio se fue convirtiendo en curiosidad. Los conciertos siempre me generan una sensación particular en el cuerpo, un entusiasmo que no sé bien cómo describir.
No obstante, enseguida nos sentamos en la silla correspondiente mientras esperábamos en silencio que la música tuviera lugar e incluso después de que la música quebrara el silencio con el potente rugido de los instrumentos afinando, mi entusiasmo se desvaneció en una ráfaga de pensamientos. De repente mi mente abandonó el auditorio y la música se convirtió en una voz lejana. Por varios minutos me debatí entre el pasado y el futuro, recordando y prediciendo, añorando y temiendo, analizando y juzgando. En breves lapsos mi mente regresaba al lugar y escuchaba algo de la música, observaba a los intérpretes, me preguntaba si el director sería un tipo amable, pensaba si los músicos serían felices trabajando allí… pensaba.
Entonces pude observarme por un instante y despertar. Pude darme cuenta de que mi hiperactiva mente me estaba robando ese instante, que por andar pensando me estaba perdiendo de la belleza del momento. Ciertamente no había ido a un concierto a pensar sino a escuchar música, así que haciendo uso de mi intención más sincera y venciendo cualquier rastro de vergüenza, cerré los ojos y me dediqué tan sólo a escuchar.
Así, la belleza de la música se desnudó ante mi y en mi rostro se dibujó una sonrisa. Por primera vez mi cuerpo se limitó a recibir las ondas producidas por los instrumentos y mi espíritu se dejó arrullar por los sonidos, a veces dulces, a veces salvajes pero siempre con la inconfundible magia del encuentro de timbres de una orquesta.
Súbitamente el hambre y el sueño desaparecieron por completo y fueron reemplazados por una sensación de plenitud, por un aprecio tal del instante que se confundía con el sentimiento de que no existe en el mundo mejor música y mejor compañía, que no que no existe en el universo mejor manera de vivir que esta, ni mejor momento que ahora.

Learning to listen 1

After declining a few cultural invitations from Damaris we finally attended a concert from the Osnabrück Symphony Orchestra. The discovery that our city, with less than 150,000 inhabitants, has its own orchestra was a surprise.
When we arrived at the auditorium, after spending almost 12 hours in the university (amongst which there were three hours of an intensive accounting class in German) I wondered if it was a good decision to attend the concert. However when our group was completed and the public began to get in the hall my fatigue turn into curiosity. Concerts always produce a very particular feeling in my body, an enthusiasm that I can’t precisely describe.
However, once we sat down in silence waiting for the music to start and even after the music broke the silence with the powerful roar of tuning instruments, my enthusiasm faded in a flurry of thoughts. Suddenly, my mind left the auditorium and the music became a distant voice. For several minutes I was swinging between the past and the future, remembering and predicting, longing and fearing, analyzing and judging. In short intervals my mind came back to the place and I listened to some of the music and watched the performers… I wondered if the director would be a nice guy, if the musicians would be happy working there … I wondered, I thought.
Happily I was able to observe myself for a moment and thus awake. I realized that my hyperactive mind was stealing that moment, I noticed that because of being thinking I was missing the beauty of the moment. I certainly had not gone to this concert to think but to listen to music, so using my most sincere intention and overcoming any trace of shame, I closed my eyes and started to listen with all my being.
The beauty of the music unfolded in front of me and my face broke into a smile. For the first time my only task was to receive the waves from the instruments and to let my spirit be lulled by the sounds, sometimes sweet, sometimes wild, but always magic. All of a sudden, hunger and sleep completely disappeared and were replaced by a feeling of completeness, for such an appreciation of the moment that blended with the feeling that there were no better music than that and no better company than the people I had around. The feeling that it does not exist in the universe a better way to spend this instant than being here and that there’s no better moment than now.

Compartir el sueño

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Apenas habían pasado los primeros tres días de clases y la pregunta no se hizo esperar.

¿Que cómo son los compañeros, que qué tal es la gente.?
Pues… ¿qué te digo yo? Te digo que no me brillan los ojos.

Por alguna razón, o sin ella, me embargaba la insatisfacción. Las almas gemelas, los espíritus apasionados y los sueños compartidos no se habían hecho visibles en ninguna de las interacciones.

Si bien las sonrisas amables y las actitudes abiertas y comprensivas habían sido la regla, aún no había aparecido esa persona que dijera “estoy aquí porque quiero cambiar el mundo”, “mi causa es nuestra revolución” o algo así. Todas las primeras conversaciones quedaron atrapadas en la inextricable rigidez de la vida académica tradicional, especialmente fuerte en Alemania donde el promedio académico hace parte de la hoja de vida. Ante la pregunta ¿Por qué estás estudiando este programa? confluían las respuestas en conseguir un empleo, complementar la formación, tener un título de maestría porque ahora lo piden para todo.

Desafortunadamente hasta entonces nadie me había rebotado la pregunta y por tanto yo misma no había tenido la oportunidad de decir algo más que lo que estudié y de donde soy. Recientemente he descubierto que la mayoría de la gente no hace preguntas. Quizás lo que pasa es que yo soy demasiado curiosa.

Justo cuando estaba a punto de decepcionarme y pensar que quizás debía haber aplicado a una universidad más competitiva o a un MBA, donde la gente fuera más apasionada y clara con lo que quiere, tuve una pequeñísima revelación.

Tengo dos opciones. Limitarme a ver a esta personas como su reducida carta de presentación académica y conformarme con la adquisición de conocimientos académicos durante estos dos años; o abrir los ojos y darme cuenta de que estas maravillosas personas que tengo al lado son el insumo más poderoso que haya tenido jamás para iniciar cualquier tipo de cambio en el mundo. Que así como yo, también están esperando la oportunidad de compartir su sueño o de dejarse encender por un sueño que los inspire.

De repente entendí que la gente que se necesita para iniciar el cambio, la gente que he estado buscando desde hace tiempo, es esta. Entonces me atreví a compartir mi sueño por primera vez … y tuve el placer de ver un par de ojos brillar.

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Sharing the dream

Right after the first three days of classes the question was made.

“How are your peers? How do you like the people in your program?”
“Well … What can I tell you? I’ll say that my eyes are not shining.

For no reason I wasn’t feeling fulfilled.
The twin souls, passionate spirits and shared dreams had not shown up in any of our interactions.

Although friendly smiles and open attitudes had been the rule, I was missing that person who would say “I’m here because I want to change the world”, “my cause is the revolution” or something like that. All first conversations were inextricably bounded up with the rigidity of the traditional academic life, especially strong in Germany where even the GPA is part of the CV. When I asked Why are you studying this program? the answers converged in “getting a job”.

Unfortunately until then nobody had bounced the question to me and therefore I hadn’t had the chance to say anything else than what I studied and where I come from. Recently I discovered that most people do not ask questions. Maybe it’s just that I’m too curious.

Right before getting disappointed or thinking that I should have applied to a more competitive college or to an MBA, where people are more passionate and clear with their goals, I had a tiny revelation.

I have two options now. To view this people as their limited academic introduction and limit myself to merely acquiring academic knowledge; or to open my eyes and realize that these wonderful people who are sitting next to me are the most powerful input I ever had in order to start any kind of change in the world. Understand that just like me, they are also waiting for the opportunity to share their dreams or being ignited by a dream that really inspires.

Suddenly I realized that the people needed to initiate a change, the people I’ve been looking for a while, are exactly this people. Then I dared to share my dream for the first time … and I was pleased to see a pair of eyes shining.

Giving up intelligence and welcoming innocence

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Just a few days ago I realized how tired I am of words and language, and specially of trying to be intelligent. Then I decided from the bottom of my heart, as I did when I was 18 yrs, that I want to be a little fool. After a week trying this new “foolishness” I came upon this text, which describes perfectly the wish of my heart and encourages me to keep pursuing this path. I thought you may find value in reading it.

We all came into this world gifted with innocence, but gradually, as we became more intelligent, we lost our innocence. We were born with silence, and as we grew up, we lost the silence and were filled with words. We lived in our hearts, and as time passed, we moved into our heads. Now the reversal of this journey is enlightenment. It is the journey from head back to the heart, from words, back to silence; getting back to our innocence in spite of our intelligence. Although very simple, this is a great achievement. Knowledge should lead you to that beautiful point of “I don’t know.”

The purpose of knowledge is ignorance. The completion of knowledge will lead you to amazement and wonder. It makes you aware of this existence. Mysteries are to be lived, not understood. One can live life so fully in its completeness, in its totality. Enlightenment is that state of being so mature and unshakable by any circumstance. Come what may, nothing can rob the smile from your heart. Not identifying with limited boundaries and feeling “all that  exists in this universe belongs to me,” this is enlightenment. Enlightenment is that state of being so mature and unshakable by any circumstance. Come what may, nothing can rob the smile from your heart.

Unenlightenment is easy to define. It is limiting yourself by saying, “I  belong to this particular place,” or “I am from that culture.” It’s like children saying, “My dad is better than your dad,” or “My toy is better than your toy.” I think most people around the world are stuck in that mental age group. Just the toys have changed. Adults say, “My  country is better than your country.” A Christian will say, “The Bible is truth,” and a Hindu will say, “The Vedas are truth. They are very ancient.” Muslims will say, “The Koran is the last word of God.” We attribute glory to something just because we are from that culture, not for what it is. If one could take credit for all that exists throughout the ages and feel as though “it belongs to me,” then that is maturity. “This is my wealth because I belong to the Divine.”

The Divine, according to time and space, gave different knowledge in  different places. One becomes the knower of the whole universe and sees that, “all the beautiful flowers are all from my garden.” The whole evolution of man is from being somebody to being nobody, and from being nobody to being everybody. Have you observed that young children have that sense of belonging, that oneness, that innocence? As we grew up we lost that innocence and became more cunning. The innocence of an ignorant man has no value, and the cunningness of an intelligent man also has no value. Enlightenment is a rare combination of innocence and intelligence, with words to express and, at the same time, being very silent. In that state, the mind is fully in the present moment. Whatever is necessary is revealed to you in such a natural and spontaneous way. You just sit and the song flows through you.

Sri Sri Ravi Shankar

Source: http://myads.org/journal/srisri01.html

Diseño de vida

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Cuando estuve en el Jagriti Yatra, un evento de 18 días con 450 personas, todos los días conocía nuevas personas y tenía que responder las preguntas de rigor: ¿cómo te llamas?, ¿de dónde eres?, ¿qué haces?, ¿cómo llegaste al Jagriti Yatra?.
Sin embargo después de tres días respondiendo lo mismo, ya nadie quería repetir más la misma historia. Recuerdo que entonces le dije a mi recién conocida amiga Julie, que tenía una nueva respuesta …
¿Cómo te llamas?: Ana, ¿De dónde eres?: de la tierra, ¿Qué haces?: diseño mi vida.

Desde entonces he reflexionado un poco acerca del concepto de diseñar mi vida. Y aunque en ese momento de algún modo lo dije en broma, ahora pienso que es verdad, y que eso es lo que estoy haciendo ahora mismo.

Hoy en día nadie duda de la necesidad del diseño en cualquier proyecto, de la inyección de creatividad, de la importancia de la diferenciación que sólo este permite, entre otras razones. Todo, absolutamente todo lo que se mueve hoy en el mercado ha pasado en algún punto por una fase de diseño. La época de los productos únicamente funcionales, los productos genéricos, los productos sin marca, es algo que prácticamente ya sólo vemos en las películas de la guerra fría.

Sin embargo, en ocasiones me pregunto por qué esta necesidad de diferenciación, de creatividad, de belleza, de calidad, que nos parece fundamental en los productos que consumimos, no nos parece igual de importante en la vida que vivimos.

¿Por qué seguimos viviendo vidas que en ocasiones parecen sacadas de una fotocopiadora, fotocopias de otra fotocopia que en algún lado nos instalaron como la vida ideal? ¿Por qué seguimos viviendo vidas funcionales pero con ni siquiera la más mínima dosis de belleza y estética?.

Con frecuencia creemos satisfacer esta necesidad de belleza, de autenticidad, haciéndonos un lindo tatuaje, o varios, decorando la casa o comprando un carro más bonito. Pero al final muchos seguimos pasando los días sentados ocho horas frente al computador haciendo cosas que no tienen la más mínima importancia, ni siquiera para nosotros, con la esperanza de que al final del “juego” ganaremos en la suma de puntos.

El mundo en el que nos tocó nacer, ¿o elegimos?, si bien es el más caótico al estar conformado por seis billones de personas, también es el que ofrece a una mayor cantidad de gente la oportunidad de vivir una vida más allá de la supervivencia, para atreverse a perseguir la libertad, la felicidad, la belleza misma, y no simplemente ocuparse de no morir.

Después de pensarlo por un buen tiempo he llegado a la conclusión de que la mayoría de la gente que podría hacerlo no diseña su vida o bien porque no tiene la información adecuada o bien porque es demasiado obediente.

La información, a pesar de estar ahí en internet, pública para todos, suele llegar únicamente a través de redes humanas, de amigos generosos que comparten datos claves. En mi caso personal hubo un episodio memorable. A finales de 2010, después de un día de excesivo trabajo, aún en la oficina a las ocho de la noche, pedimos un domicilio para alimentar el cuerpo antes de continuar con la exagerada jornada de trabajo. Las dos cajitas de Toy Wan eran suficientemente grandes como para convidar a un tercero que oíamos teclear en alguno de los tres pisos. Nicolás Martín se unió a la cena y por primera vez cruzamos palabras más allá de lo laboral. Le contamos de nuestro sueño loco de recorrer el mundo en bicicleta, de la necesidad de dejar ese sedentarismo enfermizo. Entonces él no sólo nos habló de sus muchos amigos que ya están haciendo realidad nuestro sueño, que llevan varios años cargando su vida en una pequeña maleta y dejándose empujar por el viento; también nos compartió un libro que resume los pasos para construir una vida en la que el trabajo sólo toma 4 horas a la semana y se puede realizar desde cualquier lugar del mundo.

El libro sólo empecé a leerlo en Febrero de 2011. Si bien tiene algunas opiniones y mecanismos cuestionables, así como un inconfundible tono de best-seller “gringo”, The four hour work-week me permitió acceder a una información que definitivamente no tenía, y sobre todo a un universo de posibilidades que antes no veía. A ese breve texto debemos en gran parte la determinación a cambiar de locación y a dejar de vivir para trabajar.

Por otro lado quizás hay que tener una pizca de rebeldía en las venas para decidirse a inyectarle belleza a la vida, para decirle no a estar sentado ocho horas o más detrás de un computador, para decirle no a dedicarle el tiempo que nos es dado cada día a hacer cosas irrelevantes, para decirle no a las formas convencionales de vivir, para elegir no comprarse una casa, para irse a vivir a la isla que siempre soñó, para escribir cuentos, para decir no quiero estudiar más, para irse a aprender inglés a la India a los 52 años… para decir no necesito tu aprobación.

Mi atardecer

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Hoy se me fue el día entre rutinas y novedades, alistando un trasteo, leyendo, comiendo, confundiéndome con la generosa presencia de la luz. Desde temprano decidí que saldría a correr antes de que oscureciera. Cuando abrí la puerta aún estaba el cielo claro y se percibían los rayos de sol a lo lejos. Me costaba creer que el reloj marcara las 20 horas.
Empecé a recorrer nuestra manzana. Estas pocas cuadras que aguardan la memoria y la promesa de las uvas, del maíz, de las flores que la tierra nos regalará en el verano y aún después. Me preguntaba cómo será este paisaje en un mes, cómo sería la foto de este terreno hoy negro y agujereado, pero en esencia fertil y listo para florecer. Por primera vez sentí que extrañaría este pueblito. Extrañaría ese relativo silencio que eventualmente es roto por un carro acelerando a varios kilómetros de distancia, o por la explosión de pájaros que está trayendo la primavera.
Nunca hubiera imaginado que llegaría a gustarme tanto la vida en el campo, pero sobre todo nunca imaginé que lograría prescindir de la agitada vida de la ciudad, de la interacción con muchas personas, de los eventos y actividades, para sentirme feliz, para ser feliz.
Entonces completé mis tres vueltas del día y me refugié frente a un pequeño kiosko para estirar un poco. Los rayos de sol ya eran sólo una sombra naranja sobre los árboles pelados en el fondo del panorama. Mientras estiraba suavemente esperando que mi pulso se normalizara un acordeón en la distancia reemplazó intempestivamente el canto del viento. Realmente no sabía de donde podía provenir el sonido de un acordeón en ese momento. Y creo que no era la única, porque de los balcones a mi espalda salieron vecinos a mirar. Tal vez ellos sí podían ver quien era el autor de ese oportuno canto al atardecer. Una melodía básica, una sucesión alternada de tónica, dominante y subdominante, interpretadas lentamente con la distintiva profundidad de un acordeón que aspira y expira con toda su capacidad, daba un majestuoso aire al instante.

Me acomodé sobre las rodillas, puse mis manos en el ombligo y empecé a respirar. Tres series de diez, tres series de veinte, tres entonaciones, y tres rondas más. De repente me sorprendí sonriendo, con una sonrisa inevitable.
Terminadas las series me acosté sobre el pasto, contemplé la felicidad que estaba dentro de mí, seguí sonriendo, sentía el ligero movimiento del viento sobre mi cuerpo, sentía la perfección del clima primaveral, suspiré.
Entonces abrí mis ojos y encontré un lienzo infinito, suficientemente claro para ser llamado azul y suficientemente oscuro para permitir brillar las estrellas y la luna menguante. Por un instante dudé si efectivamente había abierto los ojos o si seguía absorta en mi contemplación interior, confundí si ese cielo estrellado estaba afuera de mí o dentro de mí, o si éramos lo mismo, uno solo.