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Nunca es tarde para aprender / Never is too late to learn

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En Enero de este año a Camilo se le ocurrió comprar un libro para aprender a dibujar. Después de un par de días de lectura y dos sesiones de dibujo su progreso entre las personas de “palito” y los nuevos dibujos fue tan impresionante que me animé a unirme a él en la misión de aprender a dibujar.

Su paciencia para leer el libro, preparar los materiales y hacer los ejercicios conllevó a que Camilo se convirtiera en mi maestro de dibujo, aunque sólo me llevara dos días de ventaja. El proceso ha sido sorprendente y nos ha permitido revelar el mito del talento. Para dibujar bien sólo se necesitan ganas, dedicación e información correcta.

Hoy quiero compartir mi dibujo más reciente para animarlos a aprender cosas para las cuales creyeron que ya era demasiado tarde.

Nunca es tarde.

Dibujo-campesina-ana

Never is too late to learn

Last January Camilo decided to buy a book to learn to draw. After a couple of days of drawing sessions his progress from “stick-people-drawings” and  a completely new way of  drawing was so impressive that I decided to join him.

His patience to read the book, prepare the materials and do the exercises turned Camilo into my drawing teacher, although he was only two days ahead of me. This amazing process has allowed us to reveal the myth of talent. Being good at drawing only needs desire, dedication and the right information.

Today I want to share my most recent drawing to encourage you to learn things for which believed it was too late.

Never is too late.

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De la protesta al sueño / From the protest to the dream

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Y ahí estaba yo corriendo sobre la nieve fresca para tomar el bus de las 5:30am y no correr el riesgo de perderme la primera manifestación de mi vida.

Sí, me da algo de vergüenza reconocer que a mis 27 años de vida nunca había estado en una protesta. De algún modo, cuando estaba en Colombia no creía en las manifestaciones, no creía que los políticos escucharan a los ciudadanos. Recuerdo haber observado con tristeza algunas caravanas dirigidas por unos pocos valientes ciudadanos comprometidos con causas olvidadas por la mayoría. Entonces y quizás aún hoy, yo me veía a mí misma contribuyendo más del lado de la producción de bienes colectivos, como a través del emprendimiento social, que en la participación política. Además, mi imaginario de clase media temerosa vinculaba inconscientemente protestar con un alto riesgo de ser herida o incluso morir. Hoy tengo la percepción, quizás multiplicada por la distancia, de que las cosas en Colombia han cambiado y que ya no es ese país sangriento en el que opinar se paga con la vida. Hoy me siento lista para protestar, pero sobre todo para construir.

Y así, después de casi cinco horas de viaje descendemos del autobús y bajo el cielo berlinés logro identificar las caras de los otros cuarenta manifestantes que habían viajado conmigo en el bus. Me sorprende la interesante mezcla de generaciones que se reúnen por esta causa. Mientras nos aproximamos a la multitud que se concentra frente a la estación de trenes sonrío al divisar las vacas, zanahorias, abejas, ovejas, cerdos y otros disfraces que eligieron algunos como expresión de su protesta.

Después de unos pocos minutos me detengo en medio de la multitud y empiezo a recorrer con la mirada toda la escena. A pesar de que mi presencia es más la de un turista y mi motivación para estar allí es más la curiosidad que la convicción, viene a mí un sentimiento de alegría como el que siento al ver las celebraciones de equipos de fútbol al quedar campeones. No sé si soy la única persona que experimenta esa alegría llorona al ver momentos como este. Un grupo de hombres y mujeres que a pesar de los -8ºC (con sensación térmica de -14ºC) elige caminar por cuatro horas por las calles de una ciudad fantasma sin interés individual alguno, sino por el romántico acto de de defender el mundo que sueñan, su idea de felicidad, un mundo en el que la comida es natural y los animales respetados, un mundo en el que el suelo es bien tratado y la producción no afecta las posibilidades de vida de la próxima generación.

Una hora después arranca la caravana. Caminamos unos dos o tres kilómetros muy lentamente, haciendo una vuelta casi circular que terminó en frente del Bundestag, el edificio del congreso alemán. El recorrido fue más bien silencioso, con algunas intervenciones musicales, pero con muy pocas intervenciones apasionadas que elevaran las vibraciones de los manifestantes. Cuando el frío pudo más que la voluntad nos retiramos a un refugio a compartir una sopa vegetariana comunitaria y pocos minutos después regresamos al bus que nos llevaría por otras cinco horas de vuelta a casa.

No sé si la protesta sería efectiva o no, pero puedo decir que mi opinión sobre estas en general cambió un poco. No porque ahora crea que son efectivas, sino porque me di cuenta de que no se tratan de convencer al gobierno, sino de persuadir a otros ciudadanos a exigir el mundo que todos nos merecemos, a soñar juntos.

Entonces recuerdo a mi país, recuerdo las protestas estudiantiles del 2011, recuerdo incluso un post que escribí entonces y me pregunto en dónde quedó el sueño de tener educación pública para todos, en dónde quedó el compromiso de la nueva generación de jóvenes.
Pienso que sí, las protestas son valiosas, pero estas sólo ocurren en coyunturas específicas, cuando una gota rebosa la copa y se ve la necesidad de salir, de tomarse la calle y expresar el sentir colectivo. Sin embargo, yo sospecho que no es en la calle donde se sueña, sino donde se manifiesta el sueño, el que se ha construido antes, en los círculos más cercanos, en las conversaciones familiares, en la clase, en la mesa y en la cama.
Y de repente vuelvo a soñar, esta vez no tanto con un país que protesta, sino con un país que discute sobre el futuro común, con un lugar en donde la gente se comunica y logra llegar a acuerdos, donde los amigos se ocupan de enrolar a otros en un sueño colectivo, con un país que se construye en casa.

From the protest to the dream

And there I was. Running on the snow to catch the 5:30 bus and avoiding the risk of missing my first manifestation.

Yeah, I’m kind of embarrassed to admit that in 27 years I had never been to a protest. When I was in Colombia I did not believe in protests, did not believe politicians would listen to the people. I sadly remember watching some caravans run by a few brave citizens committed to causes forgotten by most of us. Then, and perhaps even today, I saw myself more as a social entrepreneur than as a political activist. Also, my fearful middle class imaginary unconsciously linked protests with a high risk of being injured or even killed. But today I have the perception, perhaps multiplied by the distance, that things are changing in Colombia and that our country is no longer that bloody place in which life is the price of expressing one’s view. Today I feel ready to protest, and especially ready to build together.

And so, after five hours of ride we got off the bus under Berlin’s sky and I was finally able to identify the faces of the forty protesters who were traveling with us. I was surprised of the interesting mix of generations coming together for this cause. As we approached the crowd gathering in front of the train station I smiled at the sight of cows, carrots, bees, sheep, pigs and other costumes people chose to show their protest.

After a few minutes I stopped and stared at the whole scene. Although my presence was more the kind of a tourist and my motivation for being there was more curiosity than conviction, it came to me the feeling of joy that I feel when watching the celebrations of winning soccer teams. I do not know if I am the only person experiencing this weeping joy in moments like this. A group of men and women who despite -8 º C (perceived as -14 º C) chooses to walk for four hours on the streets of a ghost city, moved by no self-interest, but only moved by the romantic act of defending their dreamed world, their idea of ​​happiness, a world where food is natural and animals are respected, a world in which the soil is well treated and production does not affect the life chances of the next generations.

An hour later the caravan started. We walked about a mile or two, very slowly, making an almost circular course that ended in front of the Bundestag, the German congress building. The path was rather quiet, with some musical interventions, but with very few passionate expressions that elevate the protesters’ vibrations. When the temperature defeated our will, we retreated to a shelter to share a communal vegetarian soup and a few minutes later we returned to the bus that would take us another five hours back home.

I do not know whether the protest was effective or not, but I can tell that my general opinion on these changed a bit. Not because I now believe them to be effective, but because I realized they are not about convincing the government, but about persuading other citizens to demand the world we all deserve, about inviting them to dream together.

Then I remembered my country, I remembered the student protests of 2011, even remembered a post I wrote then and I wondered what became of the dream of public education for all, what happened with the commitment of the new generation of colombian youth.

I think yes, protests are valuable, they are important, but these only occur in specific situations, when a drop overflows the cup and people see the need to go out, take the street and express their collective sense. However, I suspect it is not on the street where dreams are born, but where dreams are uttered, dreams which have been built before, in closest circles, in family conversations, in classes, on the table, in the bed.

And suddenly I dream again, this time not with a country that protests, but with a country that discusses our common future, a place where people communicate and reach agreements, where friends enroll other friends in a collective dream, with a country built at home.

Lo que no dije hoy / What I didn’t say today

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En un día como hoy podría despertarme la belleza de un amanecer nevado, la ansiedad de un exámen final o la ilusión de reencontrarme con una hermana, una de esas personas a quienes he mostrado mi corazón, una de esas personas con quienes he podido hablar de las cosas que verdaderamente me importan, de las cosas que aprendo, del mundo que sueño.

Entonces podría tomar un tren, un carro o un avión, y transportarme por una, cuatro u ocho horas para encontrarnos en algún lugar intermedio.

Podría llegar algunos minutos antes que ella y esperar con mi corazón alegre por la ilusión de ver a alguien que ama. Podríamos darnos un fuerte abrazo, o dos, hacer un comentario sobre cómo nos ha cambiado el look y buscar el camino hacia nuestro destino en el GPS.

Podríamos compartir el reporte de los acontecimientos más recientes del día: la crisis de nieve, el exámen final, la discusión con un colega; o intercambiar el resumen de los hechos destacados de las últimas semanas.

Podríamos ir a un buen restaurante, pedir platos distintos, comentar sobre su sabor y hablar sobre mis innovaciones culinarias.

Podríamos hablar de su matrimonio, al que yo podría no haber asistido, ver 400 fotos y  8 videos, enterarme de quien es cada uno de los asistentes, conocer las curiosidades ocurridas detrás de cámaras.

Podríamos darnos cuenta de que el día se desvanece y entonces salir a caminar un rato por la ajena ciudad, charlar un poco más sobre las miles de historias que no hemos podido contarnos y acompañarnos a la estación de tren.

Podríamos iniciar una última conversación en la que finalmente nos atreviéramos a hacer las preguntas del corazón, cuyas respuestas nos acercan, nos desarman. Entonces podríamos darnos cuenta de que es tarde, que el tren está por partir.

En un día como hoy yo habría podido abrir mi corazón desde el primer momento para dar y recibir amor; habría podido decir simplemente “te quiero”.

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 What I didn’t say today

On a day like today, I could wake up because of the beauty of a snowy sunrise, because of the anxiety of a final exam or because of the illusion of my reunion with a sister, one of those people to whom I’ve  shown my heart, one of those people with whom I could talk about the things that really matter to me, the things I learn, about my dreamed world.

Then I could take a train, a car or a plane, and travel one, four or eight hours to meet her somewhere in between us.

I could arrive a few minutes before her and wait happy for the illusion of seeing someone I love. We could give us a big hug, or two, comment on how our look has changed or look for the way to get to our destination on the GPS.

We could share the report of the latest events of the day: the snow crisis, the final exam, a discussion with a colleague; or exchange a summary of the highlights from the past few weeks.

We could go to a good restaurant, order different dishes, comment on their taste and talk about my culinary innovations.

We could talk about her wedding, which I could have not attended, see 400 pictures and watch 8 videos, learn who is each one of the attendees, get to know the funny things that happened behind the scenes on that day.

We could realize that the day is fading and then decide to take a walk around the city, talk a little more about the thousands of stories that we haven’t been able to share and come together to the train station.

We could start a last conversation in which we dare to ask the questions from the heart and tell the answers that bring us closer, that really show us. Then we could realize that it’s late, that our train is about to leave.

On a day like today I could have opened my heart from the first sight to give and to receive love, or I could have said, simply, “I love you”.

Un héroe medieval / A medieval hero

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Recuerdo claramente el día en que mi hermano de entonces tan sólo diez años intentó rescatar una escultura de Alonso con sus pequeñas manos. Siendo tan sólo un niño ignoraba que su fuerza no resistiría el peso de la estructura compuesta de piedra y metal, de modo que a pesar de su valiente esfuerzo la obra de arte quedó hecha añicos, y el dedo anular del pequeño guitarrista también.
Por fortuna una oportuna cirugía plástica permitió que la pasión por la música sobreviviera y que el dedo lograra moverse lo suficiente para reproducir la belleza a través de las cuerdas.

Y así, con un poco de sangre de por medio, quedó sellado un pacto de música y de afecto con la familia Acuña.

No sé si Alonso continuaría haciendo esculturas después de eso, o si empezaría a hacerlas de plastilina para correr menos riesgos. Pero espero que sí, pues no deja de maravillarme su faceta de artista que junto a sus mil facetas (compositor, médico, escritor, deportista, director, marino, …) hacen de él uno de los pocos héroes medievales que haya conocido hasta ahora. Aquellos que logran aprovechar tan sabiamente el tiempo que les es dado para hacer incluso de sus hobbies un legado para la humanidad.

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A medieval hero

I clearly remember the day my ten years old brother tried to rescue Alonso’s sculpture with his ​​small hands. Being a young child, he didn’t know that his strength would not withstand the weight of the stone and metal structure. Despite his brave effort the artwork was shattered, and the guitarist’s little finger too.

Fortunately a timely plastic surgery allowed the passion for music to survive and the finger managed to move enough to produce beauty with the strings.

This way, with some spilled blood, a pact of music and love was sealed between our family and the Acuña family.

I don’t know if Alonso kept making sculptures after that, or began to make them out of plasticine to reduce the risks. But I hope he did, cause it still amazes me. His role as artist, as well as his thousand facets (composer, doctor, writer, performer, director, marine, …), make him the only medieval hero I’ve met so far. One who uses so wisely the time given to him, that manage to make a legacy for the humanity even out of his hobbies.

 

Perdón / Forgive me

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Los últimos días han sido oscuros. No sólo porque la inclinación de la tierra en invierno ocasione amaneceres tardíos y atardeceres tempranos, sino porque la niebla me cubrió.

Mis ojos brillantes se hicieron opacos, mi sonrisa se avergonzó y el amor se me quedó atorado en un pensamiento.
Hoy me doy cuenta de que soy culpable de haber sucumbido a la razón en corto tiempo, de haber mudado mi morada del corazón a la cabeza. Ya había advertido antes que ejercitar el juicio me extravía, que me separa, que me hace creer que entiendo, que sé.
No puedo pretender ser la víctima de un sistema educativo que promueve la crítica y el juicio, que premia a las personas que sostienen sus puntos de vista con argumentos fuertes y que van hasta el final para defenderlos y tener “LA RAZÓN”.
Ya antes había experimentado el exceso de “razón”, el exceso de palabras y la falta de silencios, el exceso de explicaciones y la falta de comprensiones, el exceso de análisis y la falta de visiones.
Me bastaron tres meses para caer en la avidez del conocimiento, en la ficción del saber mucho y en la adicción de querer saberlo todo.
Y muchos podrán decir que no hay problema en ello, más sólo aquellos que han experimentado alguna vez la belleza del mirar la vida con inocencia, de mirar otros ojos con la transparencia de una mente sin juicios, de un corazón vulnerable, podrán comprenderlo.

Quizás no es algo que le pase a todo el mundo, pero sí es algo que a mí me pasa. O quizás le pase a muchos y simplemente no se den cuenta de como la educación nos hace “más inteligentes”, nos crea opiniones, nos forma posiciones, nos consolida en algún “nosotros” que tarde o temprano se enfrenta con los “otros” en alguna discusión, en la defensa de una idea, de una causa, de una religión, de un proyecto político. Ignorando que ideas verdaderamente valiosas no tendrían la necesidad de llevarnos a conflictos, pues serían para la conveniencia de todos.

Ahora no se me ocurre más que empezar por pedir perdón. A todos aquellos que han encontrado una ventana cerrada en mis ojos y un juicio en mis palabras, y a mí por haber olvidado las lecciones ya aprendidas y haber sucumbido a la tentación del ego.

Me queda el reto de regresar a la genuina búsqueda de la inocencia, a pesar de los 18 meses de educación que aún vendrán para mí.

Forgive me

The last few days have been dark. Not only because the winter earth’s inclination causes early sunrises and late sunsets, but because I was covered by mist. The bright of my eyes became opaque, my smile got embarrassed and my love got stuck in a thought.

Today I realize I am guilty of having succumbed to reason in a very short time, of moving my dwelling from my heart to my head. I had already noticed that the exercise of judgment separates me from the rest, and makes me believe that I understand, that I know.

I can’t pretend to be a victim of an educational system that foster criticism and judgment, that rewards people for defending their positions with strong arguments, for going all the way to “be right”.

I had earlier experienced an excess of “reason”, an excess of words and a lack of silences, an excess of explanations and a lack of understandings, an excess of analysis and a lack of vision.

Only three months were enough for me to fall into the greed of knowledge, the fiction of knowing much and the addiction of willing to know everything.

Many may say that there is no problem about it, but only those who have ever experienced the beauty of looking at life with innocence, of staring at another eyes with the transparency of a mind free of judgment, with a vulnerable heart, will understand.

Maybe it doesn’t happen to everyone, but it is definitely something that happens to me. Or maybe it happens to many but they just don’t realize how education makes us “smarter”, how creates in us opinions and positions, how it makes us an “us” that sooner or later faces the “others” in a discussion, in the defense of an idea, a cause, a religion, a political project. Ignoring that truly valuable ideas would not need to lead to conflict, as they would be for the convenience of us all.

Now I can only begin by apologizing. To all those who have found a closed window in my eyes and a judgment in my words, and to me for forgetting the lessons already learned and have succumbed to the temptation of my ego.

I have now the challenge of coming back to the genuine search for innocence, despite 18 months of education that still remain for me.

“Global citizens”, a project of globalized elites?

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The World Values Survey periodically polls random samples of individuals around the world on their attitudes and attachments. A recent round of surveys asked people in fifty-five countries about the strength of their local, national and global identities. The results were similar across the world- and quite instructive. They reveal that attachment to the nation state overwhelms all other forms of identity. People see themselves primarily as citizens of their nation, next as members of their local community and only last as “global citizens”. The sole exceptions, where people identified more with the world than with their nation, were violence-ridden Colombia and tiny Andorra.

These surveys uncover an important divide between elites and the rest of the society. A strong sense of global citizenship tends to be confined, when it exists, to wealthy individuals and those with the highest levels of educational attainment. Conversely, attachment to the nation state is generally much stronger among individuals from lower social classes. This cleavage is perhaps not that surprising. Skilled professionals and investors can benefit from global opportunities whenever they may arise. The nation state and what it does matters a lot less to these people than it does to less mobile workers and others with fewer skills who have to make do with what’s nearby. This opportunity gap reveals a certain dark side to the clamor for global governance. The construction of transnational political communities is a project of globalized elites attuned largely to their needs.

Source:
Rodrik, Dani. The Globalization Paradox. Norton & Company 2011, p.231.

For more detailed info: http://www.worldvaluessurvey.org/