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Correr a la libertad

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Hace tan sólo tres años yo trabajaba en una universidad en el centro de Bogotá, en las Aguas, y vivía en Chapinero, en la carrera tercera con calle 53. Con el fin de obedecer a la estricta rutina del empleo de 8 a 5, Camilo me llevaba todas las mañanas al trabajo y en ocasiones me recogía al final del día. El trayecto en la mañana nos tomaba únicamente ocho minutos. En ese entonces mi actividad física diaria se limitaba a caminar del carro al ascensor, o por mucho a caminar unas pocas cuadras de la carrera séptima a la tercera en las tardes de regreso a casa.

De algún modo, inconscientemente, desde niña adquirí como muchos la idea de que las personas se desplazan en medios de transporte: buses, taxis, carros, o incluso bicicletas. En el 2010 nos deshicimos del carro y nos unimos al gran movimiento de humanos que se desplazan en bicicleta por el muy amplio sistema de ciclorrutas de Bogotá. La bicicleta fue sin duda una liberación. Transportarse de repente se volvió algo divertido, mi estado físico sin darme cuenta se volvió bueno, perdí peso, reduje el stress, hice nuevos amigos, me ahorré infinitos trancones y de paso muchísimo dinero que de otro modo hubiera gastado en taxis o parqueaderos.
Al principio, me sorprendía al ver lo fácil, rápido, cómodo y eficiente que era ir al trabajo en bicicleta. Los miedos que tenía como el robo, llegar sudando, o la lluvia, se fueron disipando poco a poco con el placer de rodar, y la sensación de libertad que otorga el movilizarse en bicicleta. A medida que iba más lejos en la bicicleta, me sentía tan satisfecha de haberlo logrado que me daban ganas de ir cada vez más lejos con el vehículo recién descubierto. Lo que al principio era un reto, como subir a la circunvalar o al alto de patios, de repente se había convertido en un trayecto normal, ya era necesario ir más lejos.
Gracias a la bicicleta visité lugares a los cuales nunca me hubiera llevado un carro, conocí junto al Ciclopaseo de los miércoles parajes de la ciudad que siempre había considerado peligrosos o que ni siquiera sabía que tenían ciclorruta, recorrí algunas carreteras de Cundinamarca y llegué a destinos donde siempre imaginé que sólo se podía ir en vehículos motorizados. Para mí era absolutamente sorprendente y emocionante ver que era mi propio cuerpo apalancado en dos ruedas y un marco de metal el que me había llevado hasta allá.
Sin quererlo, yo que en el bachillerato evitaba la clase de educación física con cualquier enfermedad fingida, que habilité esa misma clase por varios años, que siempre dije odiar el deporte, etc.; de repente me encontré a mi misma retando mi propio cuerpo, disfrutando la sensación de llevar el pulso a nuevos límites, siendo resistente y sobre todo capaz.
Entonces, un poco por casualidad, un poco por curiosidad, decidí empezar a correr. Pero correr es otra cosa. A pesar de la dosis diaria de bicicleta, al principio las piernas me flaqueaban, el corazón se me aceleraba mucho más rápido, me daba vaso o simplemente mi mente me desanimaba con un “correr es muy difícil”. Afortunadamente pude sobreponerme a esta etapa inicial y después de algunas semanas empecé a disfrutar de un nuevo nivel de energía, fuerza y capacidad en mi propio cuerpo.
En ocasiones me sorprendía a mí misma corriendo en situaciones de la vida cotidiana, visitando a un cliente, regresando del supermercado, unas veces por el goce de evidenciar mi propia capacidad o en otras simplemente para llegar más rápido, por que a veces caminando uno va “demasiado lento”.


Puede parecer algo obvio. Es evidente que casi todos los seres humanos pueden correr, no hay duda. Forrest Gump y muchos otros trotamundos lo sabían. Sin embargo para mí resultó una revelación darme cuenta de que correr también es un medio de transporte y que para llegar a cualquier lugar no necesito más que mis propios pies.
Creo que desde entonces he recorrido sobre mis pies más kilómetros que en los anteriores veintitantos años de vida y he experimentado la enorme libertad que sólo ofrece el no necesitar.


Ahora sólo deseo a otros la posibilidad de correr a su destino, correr a la libertad.


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Este mundo está hecho de cubitos de azúcar

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Era verdad. Camilo tenía un poco de fiebre. Para animarlo le ofrecí unos deliciosos brownies capuccino y un café moka, que eran la única receta del libro para la cual tenía todos los ingredientes.

Después de 45 minutos de espera los brownies resultaron ser algo más parecidos a un ponque ramo con sabor a chocolate que a un brownie. Por supuesto que nos los comimos, y nos los seguiremos comiendo hasta que se acaben, sin embargo mi aún en refinación sentido del gusto me alertó acerca del evidente y limitado sabor del ponquecito a azúcar y mantequilla. Entonces me acordé de ese video que vi hace poco en TED en el que un inglés regaba una montaña de cubitos de azúcar para explicar como toda la dieta de nuestro mundo esta basada en el consumo de una cantidad desorbitada de azúcar.

Aunque no estoy precisamente recomendando el video, pueden verlo dando click en la siguiente imagen. El hecho relevante de la historia es que  solamente hoy, varios días después de haber visto ese video, se hizo absolutamente claro en mi mente, en mi lengua, cómo es que nuestro mundo alimenticio esta hecho de cubitos de azúcar.

Quizás para muchos esto no es ninguna novedad como información, sin embargo muy probablemente nadie cambiará sus hábitos por tan sólo recibir una (otra) información. Ya sabíamos también algo similar acerca de la sal, del aceite refinado, y así muchas cosas más. No obstante, mi experiencia reveladora de hoy no está basada en un juicio de valor acerca del impacto del azúcar en la salud, sino en la pura experiencia desagradable del gusto.

De repente se reveló ante mí cómo soy parte de una sociedad cuyo gusto ha sido dopado por el azúcar y por la sal. Entonces somos ahora casi totalmente incapaces de encontrar y disfrutar el sabor puro de una arveja entre el arroz, o de una curuba en un jugo. Por eso toda nuestra gastronomía (al menos la mía, la bogotana) está rebosada de sal y de azúcar. Y hay quienes le echan aún más.

La pregunta es si podremos ser capaces de dar un paso atrás y empezar a saborear como neonatos, encontrando el encanto de una habichuela y el dulce de una guayaba (pero sin azúcar).

Hoy me coquetea el reto de dejar a un lado mi carrera inconsciente hacia igualar el consumo percapita de chocolate en Alemania (9kg/año), y dejar a mi sentido del gusto reposar, recuperarse de su adicción al azúcar refinada. Y en el intento quizás toparme con una nueva forma de concebir las delicias y de producir instantes de placer… nada artificiales, más conscientes.