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Diseño de vida

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Cuando estuve en el Jagriti Yatra, un evento de 18 días con 450 personas, todos los días conocía nuevas personas y tenía que responder las preguntas de rigor: ¿cómo te llamas?, ¿de dónde eres?, ¿qué haces?, ¿cómo llegaste al Jagriti Yatra?.
Sin embargo después de tres días respondiendo lo mismo, ya nadie quería repetir más la misma historia. Recuerdo que entonces le dije a mi recién conocida amiga Julie, que tenía una nueva respuesta …
¿Cómo te llamas?: Ana, ¿De dónde eres?: de la tierra, ¿Qué haces?: diseño mi vida.

Desde entonces he reflexionado un poco acerca del concepto de diseñar mi vida. Y aunque en ese momento de algún modo lo dije en broma, ahora pienso que es verdad, y que eso es lo que estoy haciendo ahora mismo.

Hoy en día nadie duda de la necesidad del diseño en cualquier proyecto, de la inyección de creatividad, de la importancia de la diferenciación que sólo este permite, entre otras razones. Todo, absolutamente todo lo que se mueve hoy en el mercado ha pasado en algún punto por una fase de diseño. La época de los productos únicamente funcionales, los productos genéricos, los productos sin marca, es algo que prácticamente ya sólo vemos en las películas de la guerra fría.

Sin embargo, en ocasiones me pregunto por qué esta necesidad de diferenciación, de creatividad, de belleza, de calidad, que nos parece fundamental en los productos que consumimos, no nos parece igual de importante en la vida que vivimos.

¿Por qué seguimos viviendo vidas que en ocasiones parecen sacadas de una fotocopiadora, fotocopias de otra fotocopia que en algún lado nos instalaron como la vida ideal? ¿Por qué seguimos viviendo vidas funcionales pero con ni siquiera la más mínima dosis de belleza y estética?.

Con frecuencia creemos satisfacer esta necesidad de belleza, de autenticidad, haciéndonos un lindo tatuaje, o varios, decorando la casa o comprando un carro más bonito. Pero al final muchos seguimos pasando los días sentados ocho horas frente al computador haciendo cosas que no tienen la más mínima importancia, ni siquiera para nosotros, con la esperanza de que al final del “juego” ganaremos en la suma de puntos.

El mundo en el que nos tocó nacer, ¿o elegimos?, si bien es el más caótico al estar conformado por seis billones de personas, también es el que ofrece a una mayor cantidad de gente la oportunidad de vivir una vida más allá de la supervivencia, para atreverse a perseguir la libertad, la felicidad, la belleza misma, y no simplemente ocuparse de no morir.

Después de pensarlo por un buen tiempo he llegado a la conclusión de que la mayoría de la gente que podría hacerlo no diseña su vida o bien porque no tiene la información adecuada o bien porque es demasiado obediente.

La información, a pesar de estar ahí en internet, pública para todos, suele llegar únicamente a través de redes humanas, de amigos generosos que comparten datos claves. En mi caso personal hubo un episodio memorable. A finales de 2010, después de un día de excesivo trabajo, aún en la oficina a las ocho de la noche, pedimos un domicilio para alimentar el cuerpo antes de continuar con la exagerada jornada de trabajo. Las dos cajitas de Toy Wan eran suficientemente grandes como para convidar a un tercero que oíamos teclear en alguno de los tres pisos. Nicolás Martín se unió a la cena y por primera vez cruzamos palabras más allá de lo laboral. Le contamos de nuestro sueño loco de recorrer el mundo en bicicleta, de la necesidad de dejar ese sedentarismo enfermizo. Entonces él no sólo nos habló de sus muchos amigos que ya están haciendo realidad nuestro sueño, que llevan varios años cargando su vida en una pequeña maleta y dejándose empujar por el viento; también nos compartió un libro que resume los pasos para construir una vida en la que el trabajo sólo toma 4 horas a la semana y se puede realizar desde cualquier lugar del mundo.

El libro sólo empecé a leerlo en Febrero de 2011. Si bien tiene algunas opiniones y mecanismos cuestionables, así como un inconfundible tono de best-seller “gringo”, The four hour work-week me permitió acceder a una información que definitivamente no tenía, y sobre todo a un universo de posibilidades que antes no veía. A ese breve texto debemos en gran parte la determinación a cambiar de locación y a dejar de vivir para trabajar.

Por otro lado quizás hay que tener una pizca de rebeldía en las venas para decidirse a inyectarle belleza a la vida, para decirle no a estar sentado ocho horas o más detrás de un computador, para decirle no a dedicarle el tiempo que nos es dado cada día a hacer cosas irrelevantes, para decirle no a las formas convencionales de vivir, para elegir no comprarse una casa, para irse a vivir a la isla que siempre soñó, para escribir cuentos, para decir no quiero estudiar más, para irse a aprender inglés a la India a los 52 años… para decir no necesito tu aprobación.

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Correr a la libertad

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Hace tan sólo tres años yo trabajaba en una universidad en el centro de Bogotá, en las Aguas, y vivía en Chapinero, en la carrera tercera con calle 53. Con el fin de obedecer a la estricta rutina del empleo de 8 a 5, Camilo me llevaba todas las mañanas al trabajo y en ocasiones me recogía al final del día. El trayecto en la mañana nos tomaba únicamente ocho minutos. En ese entonces mi actividad física diaria se limitaba a caminar del carro al ascensor, o por mucho a caminar unas pocas cuadras de la carrera séptima a la tercera en las tardes de regreso a casa.

De algún modo, inconscientemente, desde niña adquirí como muchos la idea de que las personas se desplazan en medios de transporte: buses, taxis, carros, o incluso bicicletas. En el 2010 nos deshicimos del carro y nos unimos al gran movimiento de humanos que se desplazan en bicicleta por el muy amplio sistema de ciclorrutas de Bogotá. La bicicleta fue sin duda una liberación. Transportarse de repente se volvió algo divertido, mi estado físico sin darme cuenta se volvió bueno, perdí peso, reduje el stress, hice nuevos amigos, me ahorré infinitos trancones y de paso muchísimo dinero que de otro modo hubiera gastado en taxis o parqueaderos.
Al principio, me sorprendía al ver lo fácil, rápido, cómodo y eficiente que era ir al trabajo en bicicleta. Los miedos que tenía como el robo, llegar sudando, o la lluvia, se fueron disipando poco a poco con el placer de rodar, y la sensación de libertad que otorga el movilizarse en bicicleta. A medida que iba más lejos en la bicicleta, me sentía tan satisfecha de haberlo logrado que me daban ganas de ir cada vez más lejos con el vehículo recién descubierto. Lo que al principio era un reto, como subir a la circunvalar o al alto de patios, de repente se había convertido en un trayecto normal, ya era necesario ir más lejos.
Gracias a la bicicleta visité lugares a los cuales nunca me hubiera llevado un carro, conocí junto al Ciclopaseo de los miércoles parajes de la ciudad que siempre había considerado peligrosos o que ni siquiera sabía que tenían ciclorruta, recorrí algunas carreteras de Cundinamarca y llegué a destinos donde siempre imaginé que sólo se podía ir en vehículos motorizados. Para mí era absolutamente sorprendente y emocionante ver que era mi propio cuerpo apalancado en dos ruedas y un marco de metal el que me había llevado hasta allá.
Sin quererlo, yo que en el bachillerato evitaba la clase de educación física con cualquier enfermedad fingida, que habilité esa misma clase por varios años, que siempre dije odiar el deporte, etc.; de repente me encontré a mi misma retando mi propio cuerpo, disfrutando la sensación de llevar el pulso a nuevos límites, siendo resistente y sobre todo capaz.
Entonces, un poco por casualidad, un poco por curiosidad, decidí empezar a correr. Pero correr es otra cosa. A pesar de la dosis diaria de bicicleta, al principio las piernas me flaqueaban, el corazón se me aceleraba mucho más rápido, me daba vaso o simplemente mi mente me desanimaba con un “correr es muy difícil”. Afortunadamente pude sobreponerme a esta etapa inicial y después de algunas semanas empecé a disfrutar de un nuevo nivel de energía, fuerza y capacidad en mi propio cuerpo.
En ocasiones me sorprendía a mí misma corriendo en situaciones de la vida cotidiana, visitando a un cliente, regresando del supermercado, unas veces por el goce de evidenciar mi propia capacidad o en otras simplemente para llegar más rápido, por que a veces caminando uno va “demasiado lento”.


Puede parecer algo obvio. Es evidente que casi todos los seres humanos pueden correr, no hay duda. Forrest Gump y muchos otros trotamundos lo sabían. Sin embargo para mí resultó una revelación darme cuenta de que correr también es un medio de transporte y que para llegar a cualquier lugar no necesito más que mis propios pies.
Creo que desde entonces he recorrido sobre mis pies más kilómetros que en los anteriores veintitantos años de vida y he experimentado la enorme libertad que sólo ofrece el no necesitar.


Ahora sólo deseo a otros la posibilidad de correr a su destino, correr a la libertad.


Programaciones infantiles

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En estos días leía un artículo sobre las desventajas de una educación de élite. Si bien la confesión liberadora de este egresado de Yale tiene muchos puntos que destacar, hay uno en especial con el que me identifico y el cual me ha dejado pensando desde entonces.

En resumen, la última parte del artículo decía:

“Una educación de élite te da la oportunidad de ser rico –que es, después de todo, de lo que estamos hablando–, pero te quita la oportunidad de no serlo. (…)
¿Cómo que voy a ser profesor de escuela? ¿No sería eso desaprovechar mi costosa educación? ¿No estaría desperdiciando las oportunidades por las que mis padres trabajaron tan duro? ¿Qué pensarán mis amigos? ¿Cómo enfrentaré a mis compañeros en la reunión de los 20años, cuando ellos sean adinerados abogados o gente importante en Nueva York? Y la pregunta que se esconde detrás de todo es: ¿No es muy poco para mí? Entonces un universo de oportunidades se cierra, y pierdes tu verdadera vocación.”

Como buena hija de clase media colombiana, a mí me educaron para tener éxito y en segundo lugar para tener plata. Las palabras misión o vocación son algo que no sonó mucho en mi infancia. Recuerdo las palabras de mi mamá desde que tengo memoria diciendo: “No importa lo que sea que hagas en la vida, puedes ser zapatera o astronauta, o lo que sea, pero tienes que ser la mejor”. Esto sin duda es una programación mucho más liberadora que la de aquellos que sólo escucharon “Tienes que ser abogado/ingeniero/doctor/contador porque esas son las profesiones que dan plata”. Sin duda yo tuve la fortuna de nacer en un hogar moderno y la parte liberadora de ese discurso “No importa lo que sea que hagas en la vida” es quizás la razón por la cual mis hermanos y yo pudimos escoger profesión libremente. Sin embargo la segunda parte de la historia, el  “pero tienes que ser la mejor” es algo que le suma un gran peso a la vida.

Esa sutil programación ha marcado mis decisiones y mi actitud hacia las cosas que hago. Usualmente el enfoque ha sido ponerme metas y alcanzarlas, y luego ponerme otras metas y alcanzarlas …  y así. Pues no hay nada de malo en ello, la cosa es que me ha llevado a que un día la meta es hacer un grupo de stomp y la siguiente es tener una empresa de páginas web, y al día siguiente puede ser cualquier otra cosa. Claro está, cualquier otra cosa en la que pueda ser exitosa, o “la mejor”. Si bien todas esas experiencias han significado muchos aprendizajes, me doy cuenta de que me estoy perdiendo de una gran oportunidad en la vida y es justamente la posibilidad de hacer algo sin apegarme al resultado. Hacer algo que me llene, porque quiero hacerlo, hacerlo lo mejor que pueda sin pensar en el resultado, sin tener la carga que da esa idea del éxito.

Sin juzgarlo como bueno o malo, mejor o peor, solamente me pregunto ahora qué tal si el discurso que escuchamos como niños fuera “No importa el resultado que tengas o a dónde llegues con ello, haz en tu vida aquello que amas“.

Quizás tendríamos un mundo con gente más libre, más feliz, con la mirada más puesta en el presente que en el futuro, el enfoque más puesto en el medio que en el fin.

Me pregunto si alguien más de entre mis compañeros egresados de una educación de élite colombiana se uniría a mí en el reto de vencer el miedo a morir de hambre por dedicarse a hacer aquello que ama, o el miedo a no tener el celular de moda y a no pasar vacaciones en Disneyworld.

Koushiki and the fellows

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It was the first day of Yatra. Facilitators were given the task of finding their respective cohort members. I went out of the theater with ease, I thought ‘we’ll find each other somehow’. I bought a coffee in the IIT cafeteria, expecting that it had more coffee and less milch than the Yatra’s, and drank it slowly. When I got back to the theater, every group was gathered in front of their group letter. I went to group V and found about 10 guys and just one girl, Namrata. After I said I was the facilitator she looked at me with skepticism and asked if I had already met any other of the cohort members. I said no, but I know their names and phone numbers, so let’s start calling them. Namrata called each one of them and made sure that they had come to the Yatra.

When we arrived to the station to wait for the train to come I finally got to meet the rest of the cohort: Supriya, Kripa, Neha and Vinutha.  There was just one participant who was still missing, she was the facilitator assistant, she was the oldest participant (25), and she had a name that was difficult for me to read: Koushiki Banerjee. Around midnight the train came up and we all boarded it and settled in our respective compartment. We all but Koushiki. Once again she was not there for a while.

I started feeling she might not be interested in getting to know the cohort, or perhaps she expects me to go and personally find her. However, I decided just to wait and trust. Ours was the last compartment, car 16/ compartment 8. I was somehow shocked with the size of the place. In that moment I realized that I had no idea of what it meant to travel in a sleeper train in India. How were we supposed to accomodate 7 people with all our baggage in such a small place? I was still thinking about it when she appeared. She said hello and started finding a place for each of our bags. I asked if she had experience in travelling on this kind of trains and she said yes, because of the fellowship.

I felt I couldn’t understand her attitude really well. Although she barely smiled, the energy with wich she was organizing the compartment, the energy with wich she was serving us, was so high that it could only be made of love. I still wondered why is it that she didn’t show up before. I asked her to share her story and that’s how I got to know about the Gandhi Fellowship. She was a Gandhi Fellow, and that’s the reason she was on the Yatra.

She’s been for more than a year living in five remote villages in the state of Rajshtan, supporting five school headmasters to bring change to the school. Although the project is focused on education, it is really about leadership and the goal is to train this young people to start the change no matter the circumstances. And she was indeed committed to being the change. I introduced myself as well, but all my credentials and achievements seemed too insignificant in comparison to a Gandhi Fellowship experience.

The next morning while I was waiting on the line to get a bath, the train stopped for a while at a station and Koushiki bought food through the window. When I came back she was already eating that food, which was absolutely banned by YJ team. I thought ‘Ok, perhaps she wants to test me’. However, I reminded myself ‘they’re adults, almost as old as I am, and they’re here because they want’. So, friendly, I asked her not to do it again and follow the rules. She said ‘ok’ and ate everything fast.

I already forgot the details and the order of events that followed. I just remember Koushiki’s audible laughter and her beautiful voice that showed all her free spirit, her creative ideas and her passion to discuss. It was only after a few days that she finally open her heart to us, and did it in the form of a box of crayons and sporadic hugs. She brought the color to our room, she opened the window to creation, poetry and expression. As a group we experienced a level of “right brain energy” that I guess no other group in the train did.

After some days I understood that the reason of her constant absents was that she had good friends on the train. I got to know them, and as well as her, they are really inspiring people, Gandhi Fellows. After that we had some really profound and sincere moments together that I will never forget.

After meeting them I have the question if they were chosen to become Gandhi Fellows because they are leaders, passionate changers, or they become leaders and artists and models because of being fellows? However what I can see is that these people are pure leadership, freedom and love. These kind of people that I want to be in a team with me.